Cinco años y ocho meses en la cárcel marcaron su vida. Raquel Adriana Rodríguez González, de 36 años de edad, tiene seis hijos que no pudo cuidar durante su estadía en prisión, luego de tomar la decisión de vender drogas para poder alimentarlos.

“Me arrepiento de vender drogas porque en ese momento dejé a mis hijos solos y pasaron mucho trabajo, demasiado”, contó Rodríguez a El Nacional.

Durante la detención de Rodríguez, los niños quedaron a cargo de su bisabuela y de su hija mayor, que tenía 15 años y dejó de estudiar para cuidar de sus hermanos.

“Fue demasiada responsabilidad para mi hija y por eso es que yo se los quité y los lleve a una casa hogar (…) Yo se los pedí a mi abuela y se lo entregué a una casa hogar antes de que pasara una desgracia”, relató.

Solo tres de los niños, los menores, fueron al centro de acogida, mientras Rodríguez cumplía condena. Otro de los hijos no tuvo el mismo destino: la pareja del padre de Rodríguez lo secuestró, cuando tenía 7 años de edad, y lo dejó «botado». El joven actualmente tiene cuatro años bajo la protección del Estado, en un centro de protección en Los Teques.

“Aún no me han dicho nada de si me lo van a entregar o no. Desde que pasó eso no lo dejo de visitar, siempre lo estoy visitando”, contó la mujer quien reside en Petare.

El agua y el hambre

Hace dos años, mientras Rodríguez González estaba en la cárcel, y sus hijos en una casa hogar, una noticia retumbó en sus oídos. Su casa había sido derrumbada como consecuencia de una vaguada.

“Ahorita no tengo casa, estoy con mi mamá abajo apretada durmiendo en el piso porque no tenemos cama. Tenemos una colchoneta y ahí dormimos todos”, aseguró la mujer, quien vive en un cuarto con 14 familiares.

Hoy en día, el espacio en el que vive está compuesto por dos divisiones: una cocina -con un hueco en el techo, que deben tapar con zinc cuando llueve porque está corroído- y un cuarto largo, donde están tres camas y un colchoneta. Ahí viven sus cinco hermanos, tres sobrinos y sus hijos.

A pesar de recibir la caja CLAP asegura que este beneficio no llega de forma constante, por lo que hay días en los que la situación se torna difícil y sus hijos, los que ya tiene con ella, no van al colegio por falta de alimentos.

“Cuando no tenemos nada de comer no los mando para el colegio porque nunca han pasado hambre. Cuando no tenemos nada de comer, a él (señaló a su hijo menor) le da fiebre o dolores de cabeza porque nunca han pasado hambre porque allá donde estaban  (en la casa hogar) le daban sus tres comidas y sus meriendas”, detalló.

No pasa un día en que Raquel no se arrepienta de la mala decisión que tomó y que cambió su vida y la de sus hijos.

“Me arrepiento de todo lo que hice. Le pido muchas disculpas a mis hijos por las cosas que hice”.


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