Venezuela entera, y por supuesto él mismo, hicieron esta semana de Jorge Rodríguez el hazme-reír continuo del mundo. Con la arrogancia vengativa que lo caracteriza, y haciendo gestos corporales que cualquier especialista en zoología podría comparar a los de una bestia acorralada –sin necesidad de mostrar para ello la cartilla zootécnica de las especies animales– la más reciente encarnación de Joseph Goebbels en la política latinoamericana se empeñó en demostrar, con sospechosos y enjutos videos al apoyo, que el presidente (E) de la República, Juan Guaidó, había cometido el peor de los crímenes, la falta madre de todas las faltas, la más avergonzante escaramuza humana que debe ser, a juzgar por el tenor de la denuncia, simplemente, sentarse a hablar con los cómplices de la dictadura más corrupta y criminal de la historia nacional, Diosdado y Freddy.

Ver la performance del exministro Rodríguez hablando como aquel célebre presentador televisivo del Cono Sur, Horangel el de los doce del signo, me ha dejado perplejo particularmente cuando pienso en aquellos quienes, misteriosamente, lo califican como el más inteligente en la jaula de los gorilas que nos gobiernan. Nadie que apoye un régimen como el de Maduro puede ser inteligente, y si lo fuese acaso hay que concluir que padece una grave obnubilación de la razón.

Soltando palabrotas para impresionar al gallinero, manoteando una cartelita de autoayuda, Rodríguez-Goebels procedió a darnos una lección de ciencias ocultas sobre la fisiognomía de la verdad. No perdamos tiempo: su tesis, fabulosa en todo, es decir tan falsa como una fábula oscura, ha sido desmentida masivamente por él mismo, por sus cómplices, y por el usurpador en la jefatura del gobierno, pues bien sabemos que no han cesado de mentir sin pestañear durante 20 años.

Conviene sin embargo detenerse en el diagnóstico del propio pseudopsiquiatra convertido en comunicador y cómplice de la tiranía. Habiendo con certeza olvidado lo poco que estudió para graduarse, Jorge Rodríguez demostró fehacientemente en su performance que padece, a niveles de gravedad angustiante, un desorden psicológico que, a diferencia de sus fantasías fisiognómicas (por cierto, de oscura raigambre racista al uso de antiguos y modernos verdugos), ha sido plenamente estudiado y certificado por la ciencia.

Todo indica que Jorge Rodríguez padece de un mal psicótico que la antigua psicología llamaba ‘desambiguación’ (eso, lo sabíamos) y que se identifica más corrientemente como ‘disociación’.

A ver, un poco de ciencia.

La enfermedad de marras fue identificada por el célebre neurólogo francés Pierre Janet (1859-1947) cuyas investigaciones vendrían a impactar en los padres de la psicología moderna, Freud y Jung. Sabido es que Janet trabajó junto al Dr. Charcot en su monumental entendimiento de la histeria (asunto que no se aleja del Sr. Rodríguez nunca) al identificar y estudiar en profundidad el espinoso problema del automatismo psicológico, que por cierto se manifiesta permanentemente en las altas esferas de la dictadura. El título de su obra más famosa es, por lo demás, todo un poema si pensamos en quienes, como el Sr. Rodríguez, usurpan el gobierno: Automatismo psicológico. Ensayo sobre las formas inferiores de la actividad humana.

Sigmund Freud, que le debía intelectualmente a Janot más de lo que explícitamente reconocía, se ocupó de profundizar en el entendimiento de la enfermedad de Jorge Rodríguez, esa particular escisión de la conciencia conocida como disociación. Me permito citar un texto científico, para no desmerecer la altura académica con la cual nuestro pequeño Goebbels tropical se refirió a Juan Guaidó: “Freud abandona en 1897 la visión de que el trauma o el abuso sexual en la infancia temprana era lo que provocaba la disociación grave en las pacientes histéricas. En su lugar, desarrolla la teoría de la neurosis en la cual un trauma interno en la forma de deseos infantiles y fantasías, en especial el complejo de Edipo, juega un papel dominante en la estructura de la mente”.

Todo está dicho o más claro el agua: pacientes histéricas, traumas y deseos infantiles, complejo de Edipo, fantasías, sobre todo fantasías: Rodríguez, y todos sus compañeros de sucia y ardua labor, padecen claramente de esta escisión en la conciencia y por ello poseen un “yo fantástico” que desconoce al “yo real”. Este último, que es el que todos vemos a diario, resulta impresentable, y por ello es susceptible de grandes represiones. El “yo fantástico”, en cambio, que les hace desconocer la realidad hasta niveles agudos con el alto riesgo que ello comporta, no cesa de hablar: su verborrea fantasiosa lo satura, ahogándolo para siempre en la irrealidad.

Un hecho notable aconteció, sin embargo, durante la rueda de prensa en la que Rodríguez-Goebbels, empapado con su fondo inevitable de rojo sangriento, hizo amago de reencontrarse consigo mismo: de pronto el “yo fantástico” se puso a hablar del “yo real”, reconociendo en él a una bestia fétida, cuya cercanía puede conllevar las peores contaminaciones, el más deshonroso agravio, el peor ultraje a la reputación moral. Fue allí cuando, al apoyo de sus escuálidas pruebas, “acusó” a Guaidó de haberse encontrado con la pandilla de cómplices que han destrozado la nación.

Yo sugiero que se conserve para los archivos de la memoria de lo innoble este momento sorprendente, por patético, de brutal e inesperada sinceridad.


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