La semana pasada me referí en este espacio a la quinta columna castrochavista enquistada en la oposición y a los saboteadores instalados como perros en su casa sin ser perros en el entorno de Guaidó y, a riesgo de llover sobre mojado, retomo el tema en vista del doloso manejo de la ayuda humanitaria por parte de «colaboradores» de quien, por representar la posibilidad de un viraje a la decencia, está obligado, como la mujer del César, no solo a ser honrado, sino, además, a aparentarlo en todo momento y circunstancia, en especial en presencia de la alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, cuyo viaje relámpago tiene por objeto, dicen, «constatar in situ la realidad venezolana, luego de publicado el demoledor informe elaborado por personal a su cargo sobre el régimen de Maduro»; pero la apropiación indebida de bienes y recursos destinados a paliar la menesterosa condición de las víctimas de la incompetencia castrochavista constituye una obvia violación de las inalienables prerrogativas ciudadanas supervisadas y defendidas por la ex presidente chilena, y no puede pasar bajo la mesa. Tampoco procede una valoración comparativa con el saqueo del tesoro público perpetrado de continuo por del gobierno de facto, pues la proliferación del mal solamente consuela a los imbéciles.

Juan Guaidó ordenó separar del cargo a los pillastres de Cúcuta –¿agentes infiltrados de la felonía roja?– y exigió se les investigue y sancione, procurando desmarcarse de un latrocinio imperdonable e incalificable; sin embargo, el daño, está hecho y, para regocijo del tiranuelo y su perro de presa, el burdo bardo del ministerio público, el ventilador bolivariano le enmierdó, cuando más necesitaba un soplo de frescura. En un saludo a la bandera, Niquito el usurpador ordenó la liberación de tres detenidos por motivos políticos, una ridícula fracción –0,037%– de los 793 confinados en las ignominiosas ergástulas de la dictadura, con la intención de minimizar las naturales aprensiones de su huésped –fue su invitada y, de cajón, destinataria de la retórica falsaria del disimulo y el yo no fui–. Por eso, y porque hasta el momento de pergeñar estas divagaciones –jueves por la noche– no hay certeza de un encuentro entre la ilustre dama y el presidente Guaidó, tuvo sentido, creo, la protesta del viernes en las inmediaciones del PNUD. En todo caso, dependerá de cómo el joven líder haya respondido a las provocaciones de la quinta columna madurista, el juicio de la señora Bachelet en torno a su desempeño como gestor de la transición, lo cual es de superlativa relevancia en atención al apoyo y reconocimiento internacional a su interinato.

No es nuestra intención –carecemos de facultades adivinatorias– anticipar el desarrollo de los acontecimientos, ni a cuáles conclusiones llegará la enviada de Naciones Unidas. El viernes (anteayer) ya estas líneas estaban en la redacción del periódico. A la espera de su rueda de prensa, nos limitamos a confiar en la seriedad e imparcialidad inherentes a su cargo. De lo contrario pudimos haber abreviado el liminar y comenzar preguntándonos si mañana lunes 24, día del ejército, además del insufrible, maratónico y folklórico desfile en el Campo de Carabobo, los ascensos de rigor y las condecoraciones para inflar el ego y la quincallería pectoral de quienes garantizan el analgamiento de Maduro en la silla miraflorina, tendrá la usurpación un nuevo ministro de Defensa o si continuará el gonfaloniero Padrino en funciones de guardaespadas vitalicio. Mañana habrá bochinche de botas, charreteras y cachuchas. Brindarán los generales a la salud de sus comandantes en jefe, el vivo y el muerto. Eso sí: con 18 years old scotch whisky. ¡No faltaba más! Al pueblo –¿cuál?– se le entretendrá con el circo de costumbre y el cuento de Pedro Camejo fabulado por Páez en sus memorias: la leyenda de un ángel negro (¡y feo!) con galones de sargento en vez de alas, pintado con colorines en murales patrioteros. ¿Un manumiso, acaso? No importa, mas de haber participado en batallas, lo habría hecho en calidad de corneta, tamborilero o carne de cañón, no de arrojado lancero con tiempo para cursis despedidas de culebrón.

En nuestras costas orientales, lejos de los fastos castrenses y la pomposa música militar, para fortuna de quienes abominamos de esa raza parasitaria autoproclamada heredera del «glorioso ejército libertador», quizá se escuchen, si el tiempo lo permite y el hambre no lo impide, el tam-tam y el taqui-taqui sanjuanero y guaricongo de minas, curbatas y culo e’puyas. Eso será mañana. Hoy, domingo 23, es el Día Internacional de las Viudas, no de las alegres, cual la celebrada en la opereta de Franz Lehar, Die Lustige Witwe; tampoco de las llamadas viudas negras, capaces de envenenar a sus maridos y a toda su parentela, vástagos incluidos, para lucrarse con seguros contratados con alevosa premeditación. No, la conmemoración creada por la ONU en 2010 se propuso mostrar al mundo la situación de los millones de mujeres reducidas a la soledad por haber perdido a sus cónyuges, buena parte de ellas sufriendo las penurias de la pobreza extrema. En nuestro país, la viudez es, en muchos casos, producto de la represión, lenidad e impunidad propias de revolución bonita. Y cuando se constatan sus condiciones de vida, se le quitan a uno las ganas de ser venezolano. Como alguna vez quizá se le quitaron al general Venancio Pulgar, quien un día tal el de hoy, en 1869, decretó la autonomía e independencia del estado Zulia, premonitorio intento de ruptura con quienes habrían de vivir de sus riquezas y por eso el maracucho le canta Venancio, vení, vení, que el pueblo te necesita y las flores se marchitan cuando vos no estás aquí. En esta mala hora, ¡cuánta falta hace un Venancio en la tierra del sol amada!

Con el párrafo anterior, y algunas otras efemérides de interés, hemos debido iniciar nuestra habitual descarga dominical, empero se ha vuelo rutina lo de cómo vaya viniendo vamos viendo, y esta semana nos abrumó el monopolio mediático socialista y su vocinglería al uso con el affaire cucuteño y sus negativas vibraciones en un ambiente enrarecido por el presunto letargo de quien, a pesar de los pesares, sigue liderando la opción de cambio. Llueve y escampa dijo alguna vez un presidente dicharachero. Ojalá amaine la tormenta y las aguas retornen a su cauce. Ojalá el Cúcutagate no sea la gota que derrame el vaso de la paciencia y la sangre no llegue al río.

 


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