Es bueno tener esperanza, sobre todo cuando se vive bajo la miseria de una dictadura sádica y corrupta, pero hay que tener claro los escenarios de una posible transición en Venezuela, y los mismos son bastante complicados. Los venezolanos deben tener claro que son 25 años de una dictadura, ahora en manos de Nicolás Maduro, que se ha mostrado despiadada, que se ha acostumbrado a engañar y manipular; y donde prevalece la ilegalidad, el fraude, la corrupción y la carencia de cualquier punto de decencia o de respeto del ser humano.

Hay una oportunidad de cambio en Venezuela, pero todo podría ser muy complicado. El régimen tiene el viento en contra, un desprestigio popular creciente con números de rechazo cercanos al 85% de la población (que quiere un cambio político) y una intención de voto de 75% de la población, una crisis interna de lucha entre factores del chavismo-madurismo que ha llevado a uno de sus principales operadores económicos preso, una ilegitimidad internacional que ya esta minando el apoyo incluso de aliados tradicionales, y una crisis económica dolarizada que impide imprimir dinero y además los aliados económicos como China, Rusia, Irán, o Turquía en crisis. Las operaciones ilegales cambiarias se manejaban a través del exvicepresidente de Maduro y expresidente de la petrolera venezolana Tareck el Aissami, quien ahora está preso por el régimen. Esto, obviamente reduce la operatividad de Maduro y sus cómplices. Un grupo en poder perseguido por los fantasmas del caos que han creado, y para corolario, un caso contra Maduro que sigue avanzando en la Corte Penal Internacional.

Pero al mismo tiempo es el mismo régimen que durante 25 años ha hecho fraude masivo, que controla todas las instituciones incluyendo el Tribunal Supremo de Justicia, la mayoría de gobernaciones y alcaldías y buena parte de las Fuerzas Armadas. Además, maneja un sistema de justicia arrastrado y cómplice, que tortura, viola derechos humanos, persigue y manipula. Es el mismo régimen que viene usando la violencia y el control policial y militar para mantenerse en el poder. No es un gobierno con tendencia autoritaria, es una dictadura brutal que le ha convenido dar la ilusión de que existe alguna forma de modelo popular de gobierno. Es un poder electoral que sigue mostrando una parcialidad y una falta de cualquier posibilidad de independencia o decencia. Hay un padrón electoral viciado y no auditado de supuestamente 22 millones de votantes, en un país de 28 millones de habitantes desarrollado durante la presidencia de Hugo Chávez y luego por Nicolás Maduro. Si a ese registro electoral se le quitaran los muertos, los votos falsos creados a capricho por el régimen, y los más de 8 millones de venezolanos que se han ido del país (5 millones de votantes), se tendría un número real de potenciales votantes de 11 millones. Las matemáticas no mienten, si de los 8 millones que se han ido (de los cuales 6,9 millones tienen edad para votar) solo dejaron actualizarse a 69.189 y de los 2,5 millones de nuevos votantes que deberían ingresar al sistema solamente se registró apenas un 30%, más una tasa de mortalidad del 8%, lo que reduce los votantes reales en 200.000 por año, el régimen cuenta con más de 11 millones de votantes inexistentes incluyendo los que no podrán votar desde el exterior. Un sistema electrónico no verificado o auditado que maneja a conveniencia los votos. 1.700 nuevas mesas electorales nuevas ficticias, mesas itinerantes y otros centros fantasmas que han sido creados en los 25 años de dictadura, todo apunta para un megafraude en julio de Nicolás Maduro.

El primer escenario para el 28 de julio es claro, un régimen que se le va la vida si entrega el poder por las innumerables ilegalidades y sus alianzas con el crimen organizado va a hacer todo lo posible por preservar el poder. Maduro y sus cómplices van a entorpecer la campaña opositora (como lo viene haciendo), y van a hacer fraude. Con todos los elementos en mano para el fraude, es un régimen que puede buscar distribuir los votos fantasmas entre los opositores tarifados (conocidos como alacranes) y adjudicarse una mayoría mínima para “derrotar” al candidato opositor Edmundo González.

Otras variantes de este escenario podrían ser inventar casos de corrupción al candidato mayoritario de la oposición o una estrategia de represión masiva que impida el voto. De los escenarios disruptivos del régimen puede llegar un supuesto conflicto con Guyana para restringir la movilidad y declarar suspensión de las elecciones

El otro escenario, la fantasía o el país de las maravillas en el que soñamos millones de venezolanos, es la posibilidad de salir de la pesadilla de 25 años de dictadura ineficiente, corrupta y criminal. Sí, es cierto que todas las encuestas muestran al candidato de oposición con un favoritismo amplio del voto de más del 60% de la población, si fueran circunstancias “normales”, no habría duda del triunfo opositor, pero por supuesto, esto en Venezuela no es una probabilidad sólida. Es importante la esperanza y la mente positiva, pero no en exceso porque la complicada ruta que tenemos al frente requiere de sacrificios; no de triunfalismos.

Para que existan cambios de regímenes y transiciones luego de autoritarismos es necesario que existan movimientos sociales fuertes y coordinados que presionen al régimen desde la base, fuerzas opositoras que coordinen esfuerzos para lograr plataformas unitarias de contención, un detonante de fuerza que eleve el costo al régimen y la fractura interna del grupo de poder que permita negociaciones con elementos más democráticos del régimen para una transición. Sin esas condiciones no hay transición, excepto por la fuerza, y ese no es un caso posible en Venezuela.

La fuerza que ha demostrado María Corina Machado en la calle, con una movilización masiva nacional se asemeja a lo que le permitió a Acción Democrática acceder al poder que poseía el dictador Marcos Pérez Jiménez o similar a la movilización que logró Hugo Chávez en su momento. El error del régimen de prohibirle la salida del país y prohibirle volar en Venezuela la obligó a una campaña de calle, que ha sido imposible al régimen detener. La inhabilitación de Machado tampoco evitó una estrategia de sobrevivencia electoral de los partidos de oposición, que encontraron a un candidato desconocido, Edmundo González, como alternativa que pasó inadvertido por el régimen. Machado asume la postura similar a la de Aung San Suu Kyi de Burma/Myamar que en 2006 se hizo a un lado de la campaña presidencial para poder derrotar a la Junta militar cuando la inhabilitaron. Su movilización para el 28 de julio, también debe continuar para las elecciones del 2025, y en caso de fraude masivo, para presionar por el cambio. Ya sabemos que la esperanza sin estrategia es ilusión.

El escenario de fraude electoral se podría asemejar a lo que vivió Perú con el gobierno autoritario de Alberto Fujimori donde el organismo electoral (ONPE) estaba al servicio del autócrata cometió un fraude masivo donde había más votos que votantes. La comunidad internacional denunció el fraude y la oposición inició movilizaciones sociales por todo el país, incluyendo la llamada “Marcha de los 4 Suyos”, que llevó a muchos partidarios del gobierno fujimorista a renunciar y sumarse a las protestas. Fujimori en un viaje a Japón decide quedarse y arranca la transición.

Un factor importante que debe darse es crear los incentivos para una transición, que a los integrantes del grupo en poder le sea posible pensar en su sobrevivencia con un cambio político en Venezuela. Si los que están en el poder con Maduro piensan que su futuro está en la cárcel o en el exilio no van a facilitar una transición y sin ellos sería un escenario casi imposible. Es duro que luego de tanta persecución y la tragedia que se ha vivido en estos 25 años se pueda pensar en espacios de diálogo y coexistencia con criminales, y es natural que muchos queramos ver presos a los que nos persiguieron, pero pensar en años adicionales de esta tragedia que ha impulsado a más de 8 millones de personas a escapar, merece la pena un cambio de mentalidad.

Si se da el escenario del país de las maravillas, Edmundo González como presidente podría ser clave en un gobierno de transición incluyente que lleve a una reforma constitucional, transformación institucional y un gobierno de unidad que lleve la transición hacia un país vivible y posible. Pero falta mucho y se requiere de mucho compromiso y esfuerzo y no solo de esperanza y sueños.


Dr. Carlos E. Ponce es profesor en Boston University, Northeastern University y Framingham State University

Artículo publicado en tiempolatino.com


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