Godzilla, Minus One fue considerada una de las películas del año pasado, llegando a ganar el Oscar en la categoría de efectos especiales.

La película supone una respuesta digna al contenido político de Oppenheimer, mostrando las secuelas de la bomba en la Segunda Guerra Mundial, desde la perspectiva japonesa, eludida por el filme de Nolan.

Es una sorpresa que la película sea una propuesta de época, ubicada en el contexto posterior a las tragedias de Hiroshima y Nagasaki.

También constituye un hecho significativo que la cinta beba de la tradición del género bélico, para imbricarlo con las tendencias del terror de bestias feroces y del cine de monstruos (kaiju).

Reza la leyenda que el largometraje apenas costó 15 millones de dólares, que lucen pocos o como una estrategia de mercadeo, con el fin de magnificar la hazaña de una obra independiente que puso de rodillas a los curadores de la temporada de premios y a los titanes de la taquilla.

De cualquier modo, Godzilla, Minus One ha despertado un consenso favorable en el campo internacional, habida cuenta de su esmerada estética que narra un relato emocionante y edificante a partes iguales.

El guion replantea la historia del clásico de la compañía Toho de 1954, para revelarnos el surgimiento del monstruo, después de la catástrofe de la Segunda Guerra.

Por lo general, las subtramas humanas carecen de interés en las vitrinas para el lucimiento del mutante gigante y sus amigos destructores.

En el caso de Godzilla, Minus One, los escritores se preocupan por narrar un relato con cuerpo y estructura, sobre el drama personal de un acobardado piloto kamikaze, quien aborta su misión a último minuto, al tomar conciencia de la inminente derrota y del absurdo del mandato de los militares superiores.

Por ende, el subtexto ofrece una crítica contundente contra el poder y la burocracia nipona que condujo a un país a la molienda de un conflicto armado.

Por la naturaleza del título, la película comparte la desazón y el descontento épico de una obra maestra de la posguerra, “Alemania, año cero”, solo que ahora estamos en un escala aún más baja, por el orden de los número negativos.

Según el subtexto, varios factores contribuyeron para llegar hasta ahí: la escasa moral de las tropas, el caos generalizado y la falta de un liderazgo empático.

La revancha del protagonista viene cuando Godzilla aparece en el radar y los personajes se organizan, desde la esfera civil y científica, para enfrentar al engendro simbólico, acaso una proyección de los traumas y de las miserias de una nación fuerte.

Impresiona la corpulencia del monstruo, su manera de andar, su determinación de erigirse en amo y señor de un inframundo.

Godzilla escupe una bola de energía radioactiva, cual arma perfecta, cual cañón de rayos laser, cual secuela de los sueños y pesadillas de Oppenheimer.

Con un dragón así de desatado, el presente y el futuro se antojan inciertos.

Godzilla, Minus One propone una salida de resiliencia y redención, en el que los hombres y mujeres trabajan de común acuerdo, a objeto de vencer a su amenaza mutante.

Por tanto, la pieza replica las narrativas de películas del mismo tenor, como Dunkerque, Tiburón y Día de la Independencia.

Los guiños son evidentes en plan de tributo.

Godzilla, Minus One convierte en arte un género que los académicos desdeñan o infravaloran.

Es toda una reivindicación industrial y espiritual la que vemos en Godzilla, Minus One, prodigio técnico y conceptual del milenio.

Nuevo cine pacifista ante un escenario de tercera guerra mundial, no declarada.


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