La última novela de Alberto Barrera Tyszka, Mujeres que matan, lo deja a uno golpeado, pero también con ganas de que la historia continúe. La rabia y la desesperanza que se anidan en la intimidad de varias mujeres cuyas vidas coinciden en esta ciudad tan violenta que es Caracas, las lleva a todas a ser cómplices de las que decidieron asesinar a alguien. Unas de un modo y otras de otro, cada una se descubre a sí misma capaz de algo que nunca pensó ser.

Se conocen al integrar un club de lectura; uno de esos espacios en los que muchas personas drenan sus angustias y encuentran algo diferente que les ayude a distraer la atención de nuestra tormentosa situación. Empiezan leyendo literatura y poco después de que una recomendara un libro de autoayuda, las reuniones toman un giro distinto. De comentar libros pasan a hacer confidencias importantes sobre sus vidas. Los personajes viven y se mueven en un contexto que nos es conocido: protestas callejeras con saldos altos en muertes; bolsas de basura de las que comen algunos para sobrevivir y la ronda de los grupos colectivos dispuestos a defender a este gobierno a toda costa. En una Caracas que se ha vuelto peligrosa y amenazante, estas mujeres se reúnen para olvidar, para eludir, pero terminan encontrándose con sus sombras y temores, rencores y dolores, para enfrentarlos de un modo muy distinto al que pensaron hacerlo.

Yo diría que la rabia ante el abuso y la ironía, ante la burla y la violación de la propia intimidad, bien sea física o psicológica, son los catalizadores de la violencia de la que uno es testigo en la novela. La tristeza que abruma también lo es. Y es la maestría de la narración lo que le lleva a uno no solo a comprender el origen de esta rabia, sino a sentirla en momentos concretos. La pretensión del control sobre las propias vidas, el dominio que se ejerce sobre el personal mundo interior, lleva a responder con una violencia que hace justicia por cuenta propia. Y aunque una de las mujeres diga que aprendieron a matar, que hacerlo resultaba menos difícil de lo que creyeron y que de hecho llegó a gustarles, las consecuencias de este peso también se harán sentir.

Barrera Tyszka tiene el don de la escritura. Escribe bien. Muy bien. Maneja el lenguaje como si algo muy flexible se le amoldara sin problemas. Su prosa es de una delicada suavidad que hiere. Se trata de un talento trabajado con tenacidad. No puede ponerse en duda que sabe crear personajes. Sabe ponerlos a vivir, a interactuar, a que cada uno sufra sus angustias particulares. Como simple lectora que soy solo puedo decir que admiro su estilo y modo de estructurar sus novelas, pues pienso que entrelaza maravillosamente bien las peripecias y pone a andar con profundidad la dinámica psicológica de una naturaleza humana que conoce en su intimidad. Sus personajes dejan en evidencia que una honda sensibilidad les comprende.

No quiero ahondar en la trama porque, si no, cuento la historia, pero sí puedo decir que se trata de una novela que deja traslucir la impotencia que puede llegar a sentirse ante el abuso de poder. Una impotencia que deviene en rabia y en violencia cuando se vive, como es nuestro caso, en una sociedad en la que no hay ley. La tristeza y la desesperanza; el sinsentido de la vida y una especie de flojera en el hecho de irla llevando son emociones que impregnan la narración de un modo que abruma. Se toca un ambiente opresivo y deprimido, cansado de luchar por una existencia más digna y humana. Digamos que uno siente que aquí no se puede; que aquí el propio nombre, la personal existencia queda aplastada bajo la avalancha de tantas otras que, al desaparecer con una facilidad que nadie advierte, devienen en irrelevantes.

Cuesta salir de una novela bien lograda, pero precisamente porque cada día amanezco aquí, en la ciudad de la novela, debo hacerlo pronto. No quiero dejarme asfixiar por una tristeza comprensible.

 

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