Si alguien preguntara: ¿cómo puedo mejorar en mi vida moral? ¿por dónde debo empezar?, se le podría decir: por donde quieras. Puedes empezar por un defecto del que te has dado cuenta en tu vida profesional. Puedes hacerlo en las exigencias de la comunidad, de la familia, de la amistad, donde quiera que hayas notado un fallo. En el fondo, se trata de que tengas la rectitud de ánimo, la sincera intención de mejorar y te aboques decididamente a ello en cualquier aspecto de tu vida; ya que entonces lo uno influirá en lo otro, porque la vida del ser humano es una totalidad. Si se aplica –la mejora– a un punto con decisión, despertará toda su conciencia y reforzará su fuerza moral en otros, del mismo modo que un defecto en un punto de la vida influye en todo; aspecto este último –por cierto– por lo general ignorado, cuando no es negado o rechazado con displicencia.

Si continuamos la conversación, y si quien se hace la pregunta insistiera: ¿cuál es el supuesto previo de todo esfuerzo moral para que sea eficaz, para que cambie aquello que está torcido o refuerce lo debilitado?; entonces se le deberá responder: es la aceptación de lo que es, la aceptación de la realidad, de ti mismo, de las personas que te rodean, del tiempo en el que vives. Lo que de entrada nos plantea un desafío, porque quizás suena muy teórico, pero sin duda alguna se debe tener claro, y por lo tanto merece especial atención de todo el que se esfuerza honradamente en mejorar, pues no es en absoluto obvio –ni fácil– aceptar lo que es con la docilidad de nuestro corazón.

Ahora bien, se podría objetar diciendo que esto es irreal. Lo que es, es, se acepte o no; lo que en el fondo podría evidenciar una disposición de ánimo cómoda, que finalmente nos puede llevar a la pasividad, a la inacción, al no cambio o mejora. Por lo que se debe aclarar enseguida que no se trata aquí de ninguna debilidad, de un dejarse llevar, sino de ver la verdad y situarse en ella, naturalmente, decididos a emprender el trabajo en ella y, si hace falta, luchar por ella.

Cabe destacar que esto es, ante todo, un asunto humano. Un animal no “sufre” estos dilemas, pues está de acuerdo consigo mismo, con su naturaleza, sin más. Dicho de otro modo: para el animal no existe el dilema moral en absoluto. Es como es, encajado en su mundo circundante, agotándose en él. De ahí la impresión de naturalidad que nos produce, de que es por completo como debe ser, según su esencia y las condiciones circundantes.

Con el ser humano ocurre de otro modo. No se agota en lo que es y en lo que hay a su alrededor. Puede –y debe– tomar distancia respecto a sí mismo y reflexionar sobre sí; puede juzgarse a sí mismo; puede ir con sus deseos de más allá de lo que es, y llegar a lo que querría o debería ser; incluso puede elevarse y fantasear hasta lo imposible. Todo lo cual produce una tensión entre ser y el deseo de ser, que puede convertirse en principio de crecimiento en cuanto que quien se esfuerza pone en su imaginación una imagen de sí mismo que luego trata de alcanzar con lo que realmente es. Aunque también de esa tensión puede surgir una perniciosa división, una huida ante la propia realidad, una existencia en la fantasía, que vive pasando de largo ante las posibilidades dadas y ante peligros que amenazan. A lo que se alude cuando afirmamos que: todo esfuerzo moral eficaz empieza con el hecho de que quien se empeña en dicha mejora acepte la realidad tal como es.

Pero, ¿qué significa realmente esta aceptación?; ¿qué es lo que aceptamos?

Ante todo, se trata de uno mismo. No soy ser humano en general, sino este ser determinado, tengo este carácter y no otro; este temperamento entre los diversos que hay; estas fuerzas y debilidades, estas posibilidades y límites. Eso he de aceptar, debo situarme en ello como la base primaria de mi vida.

Esto, hay que insistir, no es en absoluto obvio, ni necesariamente fácil pues requiere de mucha humildad y fortaleza de ánimo. Pues hay por momentos un hastío de nuestro propio ser, una protesta contra uno mismo, lo que a su vez arroja una cruda luz sobre la finitud de nuestra existencia. Por lo que, una vez más, hemos de recordar que el ser humano no está cerrado en sí mismo, como el animal, sino que se puede superar. Lo cual trae implícito un riesgo, ya que puede tener ideas sobre cómo le gustaría ser y de ahí vivir más en una imagen deseada que en la imagen de su realidad; o peor aún, podría optar por esa curiosa acción por la que el hombre trata de escabullirse de lo que es vivir en el disfraz, con una máscara, en una especie de juego. Lo cual nos lleva a preguntarnos: ¿no se expresa ahí en vano, pero insistiendo una vez y otra, el anhelo de ser otro del que se es realmente? Con lo cual surge –o debería surgir– como interpelación existencial, vigorosa y difícil de cumplir el mandato de querer ser el que se es, convencidos de que tras ese mandato no hay una sorda necesidad natural ni un perverso azar, sino una indicación que procede de la sabiduría eterna a la que tarde o temprano debemos prestar atención si queremos honrar y persistir en nuestra humanidad, en llegar a ser aquello a lo que estamos llamados a ser.

Y habiendo llegado a este punto, como reflexión final, cabe preguntarse: ¿si todo esto aplica a las personas, los individuos; no implica a la sociedad?; Y en ese sentido, ¿no es común estar de acuerdo en que la causa raíz del drama venezolano es de índole moral; la inmoralidad de los ciudadanos, de los gobernantes, la de casi todo un país? Y de ser así; ¿no estamos interpelados, ante la debacle nacional, cada uno de los venezolanos a tomar la firme y honrada iniciativa de cambio? ¿No basta ya de esperar por otro; por un gobierno o un líder que condene la corrupción y que exija –y modele– el orden, la justicia, la decencia y un largo etcétera de mejoras?

Dejemos de mirar hacia un lado. Seamos ciudadanos responsables, y de una buena vez asumamos que si no mejoramos -realmente- como individuos, nunca mejoraremos como sociedad. Y si no mejoramos como sociedad nunca llegaremos a ser realmente libres. No hay medias tintas en todo esto.


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