1) Juan Guaidó está demostrando que no tendrá conmiseración con la corrupción provenga de donde provenga. Esa es la fórmula mágica de acabar con ese pernicioso mal que ha arruinado a un país rico. A diferencia del régimen de Nicolás Maduro, que condecora a los bandidos, Guaidó los enviará a la cárcel sin ningún tipo de miramientos especiales.

Lo ocurrido en Colombia es un hecho de lo más parecido a un suceso propio de los bajos fondos al cual por ninguna circunstancia hay que echarle tierra; qué equivocados están los que así piensan. No, por el contrario, decir, por ejemplo, que no es lo mismo robarse unos cientos de miles de barriles de petróleo que apoderarse de la ayuda humanitaria aportada por países amigos, además dirigida fundamentalmente a los sectores más desposeídos que, por incapacidad del régimen, unos mueren por inanición y otros por falta de medicinas. Para graficarlo mejor: es como robarle el desayuno a un huerfanito.

Algunos compatriotas son críticos inclementes de las redes sociales de comunicación: pues son preferibles los excesos, que a través de esas redes se incurre, al silencio que todo taparea y encubre fechorías. Estas redes actúan muchas veces como organismos eficientes de contraloría social. Son un mecanismo de participación ciudadana orientada fundamentalmente hacia el control y vigilancia de las acciones del régimen. Es el caso, además, de que la «contraloría social» es un derecho constitucional de reciente data que ni el gobierno de Chávez, menos el régimen de Maduro, se ocupó en propagar; siempre lo apartaron con la mayor desvergüenza.

De manera que así es como se combate este pernicioso vicio de la corrupción, institucionalizado entre nosotros por un socialismo infecto. Tal cual como ocurrió con Lula en Brasil y con la familia Kirchner en Argentina; ambos provenientes de esa madriguera vagabunda que es el Foro de Sao Paulo.

2) Este segundo punto proviene de una larga conversación con el amigo Francisco Bello, de la empresa encuestadora Pronóstico. Coincidimos en que hay algunos analistas, opinadores, columnistas, que aseguran —como si hablaran a diario con el presidente Donald Trump y sus aliados— que solicitar ayuda internacional es inútil; porque ese apoyo nunca llegará. Argumentan, basándose en una cantidad de suposiciones, que quizás sean ciertas, pero consideramos una aventura ponerlas en un plano axiomático, es decir, que no admiten que pudieran estar equivocados.

Proponen, por ejemplo, como alternativa, un proceso electoral que se negocia en Noruega y ahora en Suecia antes del cese de la usurpación en el que Maduro aceptaría medirse en condiciones razonablemente transparentes, y Diosdado Cabello permitiría la disolución de la ANC para facilitar su realización. Aunque el planteamiento en sí mismo es suficientemente fantasioso, voy a permitirme abordar de manera breve algunos pasos previos, necesarios, para conseguir condiciones mínimas: primero, cambio profundo del CNE y del proceso en general; no se trata de cambiar a un par de rectores ni de remozar su fachada. Quienes lo conocen por dentro saben que es imprescindible hacer una limpieza general que permita extinguir los enmarañados vicios que hoy existen. Solo así es factible adoptar el voto manual, la revisión del REP que incluya una concienzuda inclusión de la diáspora con la necesaria apertura de centros electorales en el exterior, que permitan su participación. También la reubicación de los centros electorales dentro del país que fueron modificados a conveniencia, el reacomodo de los circuitos electorales para dar el peso que realmente le corresponde al voto popular y establecer un método alternativo para la distribución y el cuidado del material electoral. Todo esto y más habrá que hacer si fuera el caso…

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