«Es preciso aprendamos a ocultar que reímos sin expresión facial, para no ofender ni incomodar a personas con las cuales interactuamos»

En el curso de los últimos 20 años, [me] enfada el deterioro cognitivo de los venezolanos. Cuando fui contratado por la Universidad de los Andes, mi primera responsabilidad fue redactar informaciones culturales que eran difundidas en El Nacional y diarios regionales [la mayoría de las veces sin firma], y también me exigían leer textos diversos [humanísticos] que especialistas habían aprobado para publicación. Las autoridades académicas eran temerosas de las críticas, necesitaban estar seguras de que autorizaban imprimir libros intachables [prosa depurada, culta]

Estuve entre los fundadores de Prensa, pero igual fui asesor de Carlos Contramaestre en la Dirección de Publicaciones. Médico, crítico, artista plástico y poeta atrapado en su corrosivo e intenso humor negro. Reía, [se] burlaba de casi todo formalismo: al extremo de disgustar, con frecuencia, al vicerrector académico. Gracias a nuestras conversaciones, logré formular[me] un concepto más o menos preciso de cuánto significa. Una mañana le mostré mi definición en su cubículo: «Digo del Humor Negro que es un método escritural jamás complaciente, dotado para demoler cualquier indicio de seriedad en materia de creación humanística. Irrumpe superior solo en conciencias hartas de ceremoniales».

—Lo defines irónico y sarcástico –enunció mi fallecido amigo, fundador de El Techo de la Ballena–. ¿Puedes, entonces, formular más conceptos hallándoles parentescos?

—Concedo que la ironía es la forma expresiva de la inteligencia triste y decepcionada, una advertencia –apuré decir[le]–. El sarcasmo [es] despojo del tedio, esputo más o menos ingenioso contra la pared de la racionalidad.

Ese día nos visitó otro ballenero, recientemente escindido: Edmundo Aray. Su rostro era cuadrícula, y no adrede. Como tampoco ensayada la severidad de las facciones en Pedro León Zapata, entrañable amigo de ellos.

—Te falta inferir[nos] sobre qué es la sátira –me emplazó Aray–. Ella gusta a los escritores incisivos, pero suele provocar malestar extremo.

—Sátira es burla-castigo moralizante [descortés-expedito] en redor a sucesos y personajes del Ámbito Político-Cultural.

El venezolano que no fue borrega socialista mostraba más respeto y admiración hacia distintas expresiones artísticas, literarias o filosóficas. Distinguía géneros literarios, razonamientos. Al cambio de las cosas, hoy quienes somos intelectuales no tenemos ninguna importancia social y nuestro discurso es absolutamente incomprendido.

Por atrofia cerebral, lo que casi nadie entiende y cuanto sí advierte es igual susceptible de censurarse en redes de disociados: a veces por intervención de factores de poder político y en otras ocasiones a causa de antojos personales. La inteligencia no tiene masa muscular perceptible, está descartada para competir con el fisicoculturismo y la práctica de ridiculeces que caracterizan a famosos en la Era de la Instantaneidad Multimediática. Cualquier idiota se convierte en un deforme que llaman en inglés influencer.


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