Hace ya varios años, nuestro país viene experimentando el fenómeno del exilio, primero como oasis receptor de inmigrantes que venían huyendo de las guerras, y las depresiones económicas que estas dejaban a su paso. Así mismo, en tiempos más recientes nuestras generaciones vuelven a vivir el proceso, ahora al contrario, tomando maletas y partiendo para emigrar a otras tierras. En la búsqueda de oportunidades, mejor calidad de vida, nuevas experiencias, entre otras múltiples razones.

Las personas en el exilio cambian su forma de vivir, estableciendo nuevas conexiones, asociaciones y fidelidades con el propósito de encajar, en un ambiente nuevo. Todo esto, mientras se esfuerzan por sostener una identidad nacional, viejas trabazones y lazos afectivos, tal como lo expresa Luis Roniger en su trabajo Exilio político y democracia. Las razones de que este fenómeno social ocurra son diversas, y no son el objetivo de primordial de esta pequeña intervención.

Me permito abordar esta temática, con el fin de exponer algunos de los sentimientos que he escuchado entre mis coparticipes sociales, que aún se encuentran en territorio natal. La mayoría, expresa un profundo cansancio por los temas que aquejan nuestro desempeño ciudadano, no vislumbran salidas viables a los problemas, o ya se acomodaron a ellos como parte del afrontamiento que vivimos a diario. Buscan ensamblar productivamente, haciendo nuevas conexiones y asociaciones, al mismo tiempo, añoran algunas condiciones caducas, y esperan no perder lazos afectivos con quienes se han ido.

Las condiciones y sentimientos descritos parecen arropar a una mayoría de los cedulados bolivarianos en territorio nacional, y representan parte de los desafíos que viven nuestros hermanos, familiares y amigos que han partido al extranjero. En consecuencia, analizo que todos, de una forma u otra, estamos en condición de exiliados unos afuera y otros dentro del territorio nacional. Desesperadamente anhelando formar parte de la transformación, tener una voz que se escuche y progresar.

Este profundo sentir, para el cual las palabras quedan cortas al momento de describirlo, se está arraigando en la psiquis de los individuos como una herida. Tal como, esa herida que queda en los pueblos postguerra. La cual, dudo que se transforme con un cambio significativo de las condiciones sociopolíticas de nuestro país. Considero que se requerirá un mayor esfuerzo de fijar identidad de grupo y visión de propósito en los pueblos, para que todo cobre sentido y la herida sane.

A mi parecer la ciudadanía como conjunto y los individuos de forma personal, necesitaremos encontrar el ¿para qué? de todo el proceso. Así, habrá consuelo y herramientas de maduración que sirvan como ungüento ante la pérdida, el destierro y la desolación. De seguro, este tiempo pasará y cuando todo cese una nueva temporada se establecerá, quizás de mayor disfrute, reunificación y fructificación. Para recibirla en la mejor condición, es necesario sanar, tanto los individuos como el colectivo.

@alelinssey20


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