La verdad es que no hay explicación razonable para que un régimen tan baboso se mantenga en las alturas. No existe manera plausible de entender cómo unos tipos tan carentes de ideas, tan huérfanos de pensamiento, tan faltos de inventiva, tan ajenos a los preceptos de comunicación que imperan en el mundo civilizado, continúen el periplo de su dominación. Problema serio de veras, porque no solo incumbe a los mandones, sino también al pueblo que los soporta. Es lo que se desprende de sus versiones sobre los apagones que padecemos en todo el territorio.

Las explicaciones insólitas que han dado sobre la crisis eléctrica no son nuevas. Vienen de lejos y han crecido en necedad, hasta el extremo de inventar una “conspiración electromagnética” que convirtió a Venezuela en redonda oscurana. Recuerden a la iguana del principio de una penumbra ya antigua, sorprendidos lectores, a aquel torvo reptil que se comía los cables a través de los cuales circulaba la energía. ¡Qué bicho tan tenebroso, capaz de cambiar la dieta vegetal por ingredientes de goma y acero para fastidiarnos la vida!

Pero el relato se enriqueció debido a que los organismos de seguridad, después de laboriosas pesquisas, sospecharon del vínculo que la temida bestia comecables tenía con el tenebroso imperialismo. Como era probable que el reptil de apariencia prehistórica actuara en connivencia con las fuerzas del Pentágono, es decir, con elementos contrarios al avance de la historia hacia el socialismo, llegaron al extremo de denunciar una conjura de escala mundial que perfeccionaba el camuflaje de sus agentes aparentemente inofensivos y afilaba sus colmillos hasta convertirlos en armas letales.

Fue tal el estremecimiento que el hallazgo de los sabuesos produjo que el usurpador se apresuró a crear un Estado Mayor Eléctrico que se ocupara de los bichos y de los humanos que los habían instruido. No sabemos si crearon regimientos antiiguanas, o si solicitaron la ayuda de los agentes cubanos para que los aconsejaran en la zoológica cruzada, pero seguramente la novedad de la conspiración los sumió en una perplejidad de la cual no han salido. O, mejor dicho, de la cual acaban de salir, debido a que por fin descubrieron que la falta de luz no obedecía a la maldad de las iguanas, sino a unas fulminaciones electromagnéticas que seguramente manejan en complicidad los representantes del Grupo de Lima y los halcones de la Casa Blanca.

Gran explicación, suponen sus creadores, extraordinaria manera de escurrir el bulto, debe sentir el intrépido ministro de Información que la desembuchó, porque los pone frente a un adversario realmente temible, quizá imbatible. Pero, a la vez, absurdo camino para llegar a una meta accesible y creíble. ¿Cómo van a combatir contra armas que no existen? ¿Cómo vuelan en la guerra de las galaxias en barquitos de anime, en peroles de cartón, en cohetes de cartón piedra? ¿Cómo bañarán de luz las tinieblas, de acuerdo con lo que  prometen después de sus análisis de inteligencia, cuando no existe nada más penumbroso que la explicación que han encontrado? Por desdicha, la ridiculez de la explicación no solo incumbe a quienes la vienen haciendo, sino al pueblo que la recibe sin siquiera pestañear.

 


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