Serio problema representó para los primeros ingenieros que daban forma urbana a Puerto Cabello el dotarlo de un sistema de distribución de agua potable, primeramente porque la poca elevación del terreno sobre el nivel del mar dificultaba la construcción de aljibes y, en segundo lugar, debido a la lejanía del río San Esteban del poblado primigenio. A lo anterior habría que añadir las frecuentes inundaciones ocasionadas por las crecidas de este río, toda vez que su desembocadura original estaba próxima a lo que hoy es la calle del Mercado, con serios daños materiales en la principal vía de entonces, La Jeringa, y muchas de las viviendas que en ella se encontraban, algo que solo pudo ser solucionado con su canalización a mediados del siglo XIX.

Afirma el historiador Asdrúbal González que durante el gobierno del capitán don Manuel Centurión fue construido un conducto subterráneo desde el pie del cerro de Las Vigías hasta los principales puntos de la ciudad, donde se establecieron fuentes de distribución. Sin embargo, muchos de los habitantes del poblado seguirían movilizándose al río para obtener el preciado líquido. La solución fue la construcción, al final del siglo XVIII, de un acueducto de arcadas de aproximadamente 5.000 varas de largo para conducir las aguas del río San Esteban a un punto más próximo a la ciudad, que se conoce con el nombre de La Alcantarilla. Por los vestigios que conocimos y se conservan, sabemos que partía en línea recta desde lo que se conoció en tiempos coloniales como el Valle de Marín terminando exactamente en el sector de La Alcantarilla. El referido acueducto ya se encontraba operativo hacia 1804 cuando el sabio Humboldt visita la ciudad, quien al alcanzar las afueras escribe sobre la acequia de la que dice: “Costó más de 30.000 pesos, pero el agua se ve por todas las calles”.

En verdad era una obra de avanzada para la época, por sus dimensiones e importancia; al respecto Arcila Farías escribe en su Historia de la ingeniería en Venezuela: “La ciudad de Puerto Cabello, perteneciente a la Provincia de Caracas, tuvo la fortuna de disponer de uno de los mejores sistemas de distribución de agua, construido a los fines del siglo XVIII, a un alto costo, para servir a la ciudad y a las instalaciones militares (…) Fue acaso la última obra de su índole construida en el país durante el período español, en la primera década del siglo pasado. Cabe suponer que toda la experiencia de los ingenieros españoles residentes en el país fue aprovechada, y, puesto que las autoridades militares estaban empeñadas en convertir ese puerto en uno de los lugares fortificados más poderosos del continente, debemos presumir que el acueducto era una calificada manifestación de la ingeniería hidráulica de su tiempo”. Señala este historiador, además, que el general Páez se ocuparía de perfeccionarlo, dotándolo en 1838 de estanques de hierro.

Con el correr de los años y el crecimiento de la población el viejo acueducto resultó insuficiente. Así, en 1846 existió un pequeño acueducto o “enconductado” de hierro de cuatro pulgadas de diámetro que, muy escasamente, surtía tres fuentes públicas, ya 1866 se encontraba en un estado deplorable. Ese mismo año, el Concejo Municipal para solucionar en parte este problema contrató con Luciano Urdaneta un nuevo acueducto, según lo refiere el recordado cronista don Miguel Elías Dao.

Cuando Carlos Fernando Appun deambula por las afueras del poblado (1856), en el sector de Paso Real llama su atención “el grandioso acueducto de un largo de 15.000 pies, construido por los españoles, que, por desgracia, no se encuentra ya en óptimas condiciones”, es decir, que el acueducto colonial sirvió a la ciudad, al menos, 6 décadas. La ciudad iba creciendo así como el número de sus habitantes, extendiéndose tímidamente hacia el suroeste, así que ya el acueducto de piedra no servía de mucho, a no ser alimentar el gran tanque o tamborilete como le llamaban, al que la población acudía en búsqueda del agua. Había que darle otra utilidad a aquel amasijo de piedras, y fue así como en la sesión del 25 de junio de 1875, el concejal Chartier hizo una infeliz propuesta en vista de la necesitad que existía de materiales tipo “piedra adobes” para la construcción del teatro local, pidiendo se nombrara una comisión para calcular los costos de demolición del paredón de la noria, propiedad del municipio, “que no tiene ni podrá tener aplicación alguna”, y su transporte al sitio de construcción del teatro. No resulta claro, al menos no se deduce de las actas municipales, si tal medida fue alguna vez ejecutada pero podría explicar, en parte, su desaparición.

Algo de nostálgico, sin embargo, encierra para los porteños la acequia de antaño que llamaron la Noria, como lo revelan ciertas imágenes de la época en el que el camino a Goaigoaza exhibía las viejas arcadas a un lado. Adolfo Aristeguieta Gramcko nos dejaría un magnífico cuadro de aquella: “Admito, no todo tiempo pasado fue mejor. Pero los de la Noria con el camino a Goaigoaza por la ruta de acueducto viejo cuando regían los hispanos, en paisaje al menos sí lo era. A la Alcantarilla en el final de la calle Urdaneta, hasta allí llegaba el poblado y con calles de tierra se abría hacia el sur y el oeste. Horas de la mañana con el remolino de recuas, carretas, jinetes, y también los pocos camiones y automóviles provenientes de los campos. Desde allí se divisaba hasta donde la vista alcanzara. La vieja noria con sus arcadas de acueducto romano, traía del río San Esteban el agua fresca que calmaría la sed de los porteños. A un lado se levantaban señoriales y extrañas, curiosas casonas de madera. Eran de un estilo absolutamente distinto a las nuestras coloniales. Recordaban los modelos que se ven en las islas antillanas. Al otro, como buscando el mar, los huertos de los chinos que surtían generosamente el mercado…”.

En décadas recientes las arcadas fueron destruidas para dar paso a la autopista El Palito-Muelles y, más tarde, la construcción del terminal de pasajeros. Hoy solo se conservan unos pocos metros de aquella magnífica obra, en prueba de lo poco que los gobernantes respetan nuestro patrimonio arquitectónico.

[email protected]

@ahcarabobo


El periodismo independiente necesita del apoyo de sus lectores para continuar y garantizar que las noticias incómodas que no quieren que leas, sigan estando a tu alcance. ¡Hoy, con tu apoyo, seguiremos trabajando arduamente por un periodismo libre de censuras!