La concentración oficialista del sábado trajo a mi mente la obra teatral de Václav Havel, Una fiesta en el jardín (1963). Pasar por allí a las 9:00 de la mañana y ver a unos 50 milicianos ordenados en un pelotón no pudo sino parecerme un pequeño montaje en medio de tanta gente concentrada en su carrera cotidiana. Los rostros sin vida, desesperanzados, me recordaron a los personajes de esa obra. Para ellos, una fiesta era una actividad que tenía “carácter humano” y para uno, en concreto, las fiestas en el jardín eran una “necesidad humana”, más allá de que su trabajo fuese organizarlas.

Imbuidos de una jerga cada vez más reducida a unos pocos, la escena oficialista me trasladó a esos personajes que luchan tímidamente por vivir como hombres, conscientes de que tienen errores y opiniones diversas a las impuestas. La pretendida uniformidad trasladada incluso a la vestimenta, tal y como lo vi en los milicianos, refleja un vaciamiento de humanidad grande, cuando se promete lo contrario: un hombre nuevo. El vocabulario generalizador, impersonal, de “funcionario”, “funcionaria”, “madre”, “padre”, “hijo”, “hija”, “camarada”, sin nombres que bauticen nuestras diferencias, debería llevarnos a todos a despertar de un sueño que es pesadilla por lo que impide tener vida interior y ser quienes somos.

Las palabras con que irrumpen en escena esos personajes sugieren pequeños intentos por sobrevivir a una vida anónima y autómata. El padre le pregunta al hijo si acaso sabe lo que va a escribir ya en el libro de su vida. “Pronto vas a terminar la escuela. ¿Ya has reflexionado sobre ti mismo?”. “¿Ya has pensado en tu futuro?”. “La base de la vida es tener una filosofía de la existencia. ¿Crees que alguien lo hará por ti?” –sigue preguntando como quien busca quebrar la coraza que impide al hijo pensar y autoconocerse, porque las vidas personales, des-uniformadas, son desconocidas en un régimen que niega las libertades individuales.

Havel contrasta una y otra vez lo que él llama “la lógica de la vida”, el mundo natural, con una estructura ideologizada que es inamovible. Estructura que se traduce en esa jerga uniformadora e impersonal que es interceptada por un lenguaje que busca quebrarla. Así, los refranes aparecen como golpes a un sistema rígido y penetran en el diario vivir como recordando que somos hombres: “Si Mahoma no va a la montaña, la montaña vendrá a Mahoma”, “¡Piensa el ladrón que todos son de su condición!”, “Nunca falta un roto para un descosido”, “Mala hierba nunca muere”, “¡Haz el bien y no mires a quien!”, entre otros. El abuso del lenguaje impuesto es rechazado por los usos frecuentes y naturales que se corresponden con la “aventura de la vida”, no con la jerga monótona y aburrida, sin alma, propia de los totalitarismos. Por eso los personajes insisten en que hacen cosas humanas, como amar y equivocarse. Y decir refranes.

Las paradojas también penetran la obra, pues donde hay contradicción hay humanidad: “Cuando pierdes ganas” y “cuando ganas pierdes”. Ambas ciertas y aplicables a diversos niveles de realidad humana, pues cuando se gana dinero, no necesariamente se ganan valores inmateriales, como la humildad. Y cuando se pierde dinero, se gana otras cosas, como comprensión de las vulnerabilidades humanas o la capacidad de valorar un plato de comida.

La obra de teatro es un continuo absurdo que da risa, pero a veces esa risa es dramática, como sabemos, pues denota una realidad que parece mentira y es verdad. Lo increíble es cierto y absurdo y eso es dramático.

“¿Yo? ¿Me pregunta quién soy yo? –dice el personaje principal ya al final de la obra–. Pues mire, no me gustan las preguntas que se plantean de esa manera tan unívoca, ¡en serio! ¿Acaso es posible preguntar algo de modo tan simplificado? Cualquiera que sea la respuesta, no puede dejar de ser parcial y nunca podemos abarcar la verdad completa. El hombre algo tan rico, complejo, cambiante y multifacético!…”.

Contrastando estas palabras con lo que vi, me pregunto cuántos en nuestro país creerán lo que este régimen les hace repetir. Lo ignoro, porque eso solo lo saben ellos, pero no creo que quieran renunciar a ser hombres y a dejarse robar la posibilidad de tener una intimidad rica, propia, no estandarizada por un grupo abusador.

Siempre podemos ayudarnos mutuamente a despertar del letargo. Mucho empieza con no dejarnos imponer una jerga uniformadora. Mucho empieza por usar un lenguaje lleno de otro contenido: uno más rico y humano, más adecuado a la verdadera realidad.

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