Cabe afirmarlo: vivimos en la era del plástico. Somos, incluso, una sociedad adicta a los plásticos. Un recorrido mental por nuestros hogares lo constata. En juguetes, utensilios de cocina y del baño, muebles, objetos de aseo, electrodomésticos, computadoras y dispositivos electrónicos, piezas de vehículos, morrales, zapatos, vestidos, accesorios, implementos deportivos, utillaje escolar… Los estudiosos del fenómeno calculan que entre 85% y 90% de los bienes básicos de cualquier residencia familiar son plásticos o tienen componentes de este material; y que cada persona consume entre 45 y 50 kilos de plástico al año.

El inventario no tiene fin. Está en los vehículos personales o del transporte público; en escuelas y oficinas; en aviones y cohetes; en instrumentos quirúrgicos y aparatos de medición; en los semáforos y en los miles de millones de kilómetros de tuberías bajo la superficie de todo el planeta. Se requeriría un capítulo solo para aludir a la cantidad de cables en el entramado residencial. Una vivienda de 50 metros cuadrados usa, entre eléctricos y telefónicos, un promedio de 40 metros de cableado. Otro capítulo, de seguro muy extenso, abordaría el uso del plástico en los sistemas hospitalarios. Piense el lector cuántos guantes, jeringas, catéteres, gorros y demás insumos desechables se usan a diario en un centro de salud (de un país con un sistema de salud normal, naturalmente).

A lo anterior deben agregarse los plásticos que usamos de forma efímera –y que constituyen las mayores fuentes de contaminación– vasos y platos; pajitas o pitillos; bolsas y empaques para todo tipo de alimentos; envases y envoltorios de las más diversas mercancías, y –uno de los más controversiales–, las botellas desechables de agua, gaseosas y jugos. The Coca-Cola Company reconoció en 2017 que cada año pone en circulación 128.000 millones de botellas de plástico. Sumadas todas las embotelladoras del planeta, podrían generar entre 600.000 millones y 700.000 millones de botellas al año. Cifras que no dan tregua.

La contaminación por plástico no se agota en lo ya expuesto. Están también los pañales desechables, de donde emanan cifras abrumadoras. Un bebé usa un promedio de 130 kilos de pañales desechables. Cada año van a parar a los basureros más de 3.500 millones de toneladas por este concepto.

El promedio planetario es de 80 bolsas de plástico por persona al año. Desde luego, cada país presenta características particulares, según su economía y población. En España, por ejemplo, cada año se usan 1.500 millones de vasos de café desechables; 207 millones de envases desechables, principalmente de alimentos; 5.000 millones de pitillos o pajillas.

Eso no es todo. En el mundo se producen entre 380 millones y 390 millones de toneladas de plástico al año, casi 10% de la producción mundial de petróleo, la mitad como materia prima, la otra mitad como energía para la fabricación. La mitad del plástico producido a lo largo de la historia se ha generado en los últimos 15 años.

Y solo 40% se usa y desecha.

Se ha calculado que, entre 1950 y 2015, se produjeron 8.300 millones de toneladas de plástico. De ese imponente total, solo 2.000 millones de toneladas están en uso. El resto, 6.300 millones, fue utilizado una vez y menos de 10% fue reciclado. Cerca de 12% fue incinerado. El resto, casi 80%, está abandonado.

De ese plástico arrojado por ahí, 8 millones de toneladas terminan en los océanos cada año. En Asia se concentran los peores indicadores de esta problemática: China, Indonesia y Filipinas son los 3 países que más desechos plásticos arrojan a las aguas de ríos, mares y océanos. Los cálculos más conservadores señalan que, ahora mismo hay, al menos 150 millones de toneladas de plásticos contaminando los mares. Un estudio realizado por la Comunidad Europea mostró que 84% de la basura de las playas son plásticos. El pasado 5 de junio, en el Día Mundial del Ambiente, la ONU emitió un mensaje con tono de alarma: de seguir como vamos, en 2050 los desechos plásticos aumentarán a 12.000 millones de toneladas.

El divulgado informe de la Universidad de Plymouth, Reino Unido, de 2015, advertía que los plásticos afectan a 700 especies marinas, 17% en peligro de extinción. En reportaje publicado por el diario El País, de España, se cuenta la historia de un cachalote encontrado muerto en las costas de ese país, en cuyo interior había 29 kilos de plásticos, incluido un bidón que le impedía comer. Los plásticos matan a las especies marinas de dos modos: por ingestión y por redes. Muchas tortugas quedan atrapadas en redes abandonadas. En su lucha por escapar, se infligen heridas que las matan en pocos días.

Una cuestión fundamental es que la degradación del plástico puede demorar siglos. Es probable, por ejemplo, que una botella plástica pueda ser recogida intacta por el tataranieto de quien la arrojó. Los científicos han advertido que ciertos plásticos podrían tardar milenios en descomponerse, lo que equivale a decir que no ocurrirá nunca.

A lo anterior debe añadirse la proliferación de microplásticos. Existen unos pequeños crustáceos que destruyen los plásticos y los convierten en fragmentos indiferenciables, a simple vista, de los granos de arena. Una bolsa plástica puede ser reducida a 2 millones de fragmentos, de resultas que hay playas en Hawái, por ejemplo, donde 15% de sus arenas son microplásticos que no reconocemos como tales. Muchos científicos se han preguntando si los seres humanos estaremos comiendo plásticos sin darnos cuenta. Se ha comprobado su presencia en la sal marina y en el agua embotellada expuesta al calor. Desde fuentes muy diversas, muchas muy acreditadas, se viene advirtiendo del posible vínculo entre los plásticos y ciertas formas de cáncer.

La contaminación del plástico, en la tierra y en los mares, es extraordinariamente compleja porque sus vínculos estructurales con nuestra economía y estilo de vida son muy fuertes. El plástico es fácil de producir, barato, versátil, ligero y funcional. En él se cimenta la cultura de comprar, usar y tirar, signo de nuestro tiempo. Los promotores de una reducción drástica de su uso tropiezan con el hecho de que no siempre hay alternativas en el mercado o las que existen son más costosas y difíciles de conseguir. Esto lo reconocen incluso quienes abanderan iniciativas de vida sin plástico.

El correlato del problema es la baja tasa de reciclaje. En la edición de junio de National Geographic, se revela que en el mundo se recicla menos de 20%, y en Estados Unidos, menos de 10%. Una dificultad mayúscula la reviste el hecho de que es más barato producirlo que reciclarlo.

Las medidas que está tomando la Comunidad Europea, en principio, van dirigidas a reducir o eliminar el consumo de bolsas plásticas, así como vasos, platos y cubiertos, y palillos de oídos. Las botellas y los pañales desechables, claves en la cuestión, están en debate.

Las políticas recomendadas (reducir el consumo y aumentar la reutilización y el reciclaje) dependen en lo esencial de los ciudadanos. No habrá una economía circular del plástico si desde cada hogar no se establecen acuerdos razonables de paulatina cesación. Un tránsito súbito de una vida dependiente del plástico a una que prescinda de él es ilusorio. La vida sin plástico es todavía muy costosa y exige cambios de hábitos, así como el establecimiento de nuevas rutinas y una disposición acordada en las familias. Los pequeños cambios son más realistas. Sería el ingreso a una nueva era. ¿Estamos listos para comenzar?


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