A 12 años del bicentenario de la muerte de Simón Bolívar, Venezuela aún no sabe si los conmemorará en dictadura o en democracia, bajo el actual régimen, una mascarada castrocomunista, hundido en la miseria, sufriendo el naufragio de una crisis humanitaria de proporciones desconocidas, o recién despierta a otra ilusoria esperanza de resurrección.

Que el proverbio que reza que “nadie sabe para quién trabaja” corresponde a la realidad nos lo da la historia de las guerras civiles venezolanas. ¿Qué nos quedó de Bolívar, el Sísifo quijotesco, luego de ese aciago 17 de diciembre de 1830, cuando expirara en la quinta Alejandrina de Santa Marta, amortajado con una camisa prestada, mientras Páez, los Monagas y buena parte de su generalato, convertidos en pocos años de peones de la nada absoluta en terratenientes atragantados con el botín de sus hazañas, montaban ese feudalismo de caudillos en que se convirtiera Venezuela luego de 12 años de guerras civiles? “Solo nos queda de Bolívar como presidente de una república en disolución, su repugnancia para gobernar con una constitución absurda, y su repugnancia para establecer un poder personal sin límites constitucionales”. Un héroe trágico cuyas ideas, todas, “eran geniales y sólidas; pero no hay genio que pueda improvisar las instituciones de una alta civilización en cuatro selvas tropicales”. Carlos Pereyra, el historiador mexicano, culmina su esbozo de esas vidas paralelas de Bolívar y Washington visto a un siglo de su proeza, mientras su patria pasa de Cipriano Castro a Juan Vicente Gómez, viéndolo en un destello como “un filósofo”. “Han muerto en él sucesivamente, como dice Saint-Beuve, muchos hombres: el joven romántico de 1804, el diplomático fastuoso de 1810, el jacobino feroz de 1813, el paladín de 1819, el estadista de Angostura, el imperator de 1825. Sobrenada entre los restos del naufragio la vela latina de su volterianismo; un sentimiento de mesura en las cosas y en las ideas; una actitud ecuánime para juzgar de todo; una sonrisa de amargura. ¿Voltaire he dicho? Sí, Voltaire; la parte alta y delicada de Voltaire. Voltaire que abre ya sus ventanas hacia el huerto de Renan” (1).

Un héroe genial sacrificado en el vientre de una ballena, del que al final de su vida hubiera preferido no haber salido.

Mientras la patria por él independizada procedía a olvidarlo, renunciando tal vez para siempre a su voluntad de grandeza, los únicos beneficiarios de sus hazañas procedían a enriquecerse hasta el hartazgo, acumulando tierras, hombres y reses. No esperaban otra cosa de las guerras de Independencia que apoderarse a sangre y fuego de lo que había acumulado el mantuanaje durante tres siglos de esfuerzos y laboriosidad bajo la bonhomía imperial de la corona. Es la profunda diferencia que va de Bolívar a Páez. Bolívar quiere la libertad para la América española. Páez y Santander quieren su riqueza.

Es inolvidable la maravillosa escena en la que Roberto Ker Porter, cónsul de la Gran Bretaña en Caracas, describe el colmo de la felicidad y la plena realización de Páez, el otrora peón analfabeta, ahora señor feudal de sus hatos de inmensidades sin límites en el Guárico, exhibiéndose ante el diplomático inglés a dos años de la muerte de Bolívar como un viejo mercenario de lanza y espada, fundador de nuevos dominios. Un Carlomagno guariqueño. Ya lo había dicho el mismo Voltaire: detrás de un monarca se encuentra siempre un mercenario. Detrás de una corona, una espada.

Quien quiera imaginarse de dónde procedía el furor de la barbarie al desnudo que hizo cundir el espanto entre las tropas de Pablo Morillo, venciendo al ejército mejor armado y preparado de Fernando VII en 10 años de sangrientos combates, no tiene más que leer las siguientes descripciones del manejo de miles y miles de reses y del proceso de su marca y castración realizados en el hato San Pablo, de muchos kilómetros cuadrados, en donde se asentaba en noviembre de 1832 el poderío del nuevo hombre fuerte de Tierra Firme, el catire Páez. Pues una cosa era combatir a las civilizadas tropas de Napoleón Bonaparte y otra, muy distinta, enfrentarse al llaneraje salvaje semidesnudo, armado de machetes y las lanzas coloradas de las huestes de José Antonio Páez, habituadas a enfrentarse a brazo desnudo con la ferocidad de toros salvajes. Cuenta el diplomático Ker Porter, asombrado, la profunda impresión que le causara ver a los llaneros de Páez enfrentar en calzoncillos a los ejércitos de reses del terrateniente guariqueño.

“Al descender del suave declive de este lugar dominante pudimos ver vastas cantidades de ganado en sólidas columnas, marchando hacia su gran lugar de reunión. Desplazándose entre nubes de polvo y brumosos espejismos, estas masas parecían las divisiones de algún gran ejército, pero estaban compuestas por criaturas vivientes de naturaleza y objeto muy distintos, dando prueba de las bendiciones de la paz e industria, y no como instrumentos de guerra y desolación. Conforme se iban juntando estos innumerables cuadrúpedos, se lanzaban rápidamente de la masa de los que ya estaban en el sitio, aumentando así hasta un nivel increíble la masa de animación y polvo; eran al menos 12.000 cabezas de noble ganado, un espectáculo que sólo puede contemplarse en las pampas o llanos del nuevo mundo. Tanto el cuadro como su impresión fueron completos cuando vi al general Páez introducirse a caballo en medio de ellos. Yo estaba a su lado, y debo confesar que hacía falta una buena dosis de coraje y destreza para poder seguirle. La escena y la situación eran igualmente nuevas para mí, pero mi valiente líder me dio todo el crédito debido por mi perseverancia (y valentía, si me atrevo a decirlo, pues conozco a más de uno que preferiría encontrarse a un disparo que a la embestida de un par de cuernos), conforme me escurría a su lado entre el tropel, para enviar un apretón o un rasguño, o una embestida inocente de estos cuadrúpedos hijos de San Pablo.”

La otra imagen se refiere al fin y propósito de la jornada: “Tan pronto como todos estuvieron listos para la ceremonia (por lo menos nosotros) entraron en los corrales centenares de llaneros sin otra ropa que sus calzoncillos, con lo que tuvimos un excelente despliegue de formas atléticas. Muchos llevaban lazos y otros no poseían más armas que su propia fuerza para hacer de coleadores, mientras otros aún estaban listos para aplicar el hierro candente; y otro grupo se aprestaba, cuchillo a punta de lanza en mano, a realizar la otra operación. Estos personajes pronto pusieron en movimiento la multitud cuadrúpeda. Nunca había visto semejante barullo, polvo, galope, animales saltando por encima de animales. La masa entera se movía de un lado a otro, mientras que los lazos silbaban y volaban en todas direcciones, cayendo con la más infalible precisión sus tiras de cuero sobre los cuernos del toro alrededor del cuello de los animales sin asta; y en el momento del violento frenazo la bestia salía dando saltos y forcejeando; pero a base de pura fuerza, se la arrastraba por una de las aberturas hasta el recinto vecino, donde se la volvía a soltar inmediatamente, momento que aprovechaba uno de los coleadores para agarrar por la cola a la enfurecida bestia y, de un tirón repentino y no poco grado de fuerza, la tiraba por el suelo patas arriba. En un instante, dos o tres más se precipitaban sobre ella asiéndola por los cuernos y sujetándola de la cabeza, mientras que el hierro de marcar se le aplicaba en el flanco y el cuchillo en las orejas y, tratándose de un macho de edad apropiada, se le hacía la operación de castración de la manera más diestra e instantánea. Es de verdad difícil dar una idea justa del ruido atronador, el polvo y el incesante movimiento de estos millares de reses, y de la persecución con el lazo de estos hombres semidesnudos, además de los grupos singularmente pintorescos mezclados en estos quehaceres del día. Cinco horas duró la cosa, durante las cuales se marcaron unos 900 animales, se bovinizó a 400 toros jóvenes, y sólo se dejaron intactos 12 toros por cada 100 vacas, como señores de este serrallo” (2). Páez podía darse por satisfecho: Bolívar, el supremo, yacía enterrado en Santa Marta. Él era el nuevo amo de Venezuela.

A 12 años del bicentenario de la ingrata muerte del Libertador, Venezuela aún no sabe si los celebrará en dictadura o en democracia, bajo el actual régimen, una mascarada castrocomunista, hundido en la miseria, sufriendo el naufragio de una crisis humanitaria de proporciones desconocidas, o recién despierta a otra ilusoria esperanza de resurrección. En cualquiera de los dos casos, Bolívar será reivindicado como parte del régimen imperante. Así el llaneraje salvaje haya descendido a sus infiernos convertido en masas paupérrimas de mendicantes muertos de hambre. Y los ejércitos sean recuas de traficantes y negociantes del mayoreo y menudeo. La herencia sigue en litigio. La maldición de Bolívar aún no ha sido exorcizada. De su exorcismo depende el futuro.

[1] Carlos Pereyra, Op. Cit., pág. 179.

[2] Sir Robert Ker Porter, Op-Cit. Págs. 572 s.


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