Lo raro y lo espeluznante tienen su respectiva especificidad. Ambos están en la frontera de géneros como el terror, lo fantástico y la ciencia ficción. Comparten un cierto interés por lo extraño. Precisa Fisher: por lo extraño, no por lo terrorífico (en su primera acepción, en el diccionario de la RAE, extraño se presenta como contrario a “propio”. Dice: “De nación, familia o profesión distinta de la que se nombra o sobrentiende, en contraposición a propio”). Ambos guardan una fascinación por lo exterior, por lo que está más allá de nuestras capacidades perceptivas y de la experiencia corriente. Lo raro y lo espeluznante tienen en común modos narrativos y cinematográficos: formas de ser contados y de ser percibidos. Uno y otro tienen la propiedad de ver el interior desde el exterior. La sensación espeluznante rara vez proviene de espacios cerrados: se produce en espacios deshabitados o que carecen de presencia humana.

Lo raro es una perturbación particular: algo erróneo, algo que no debería estar donde está. Lo raro nos produce la sensación de inadecuado: nos repele y atrae a un mismo tiempo. Esa fascinación, dice Mark Fisher (1968-2017), es lo que nos conecta con los relatos de Howard Phillips Lovecraft. El materialismo de Lovecraft, su apego a objetos y realidades físicas, distingue su literatura de la fantasía y lo fantástico. Mientras que la fantasía se produce en un mundo distinto al nuestro, lo raro se constituye como una puerta entre nuestro mundo y los demás. Fisher cita al crítico francés Maurice Lévy (1929-2012), quien sostenía que no es lo imposible sino lo exterior, lo que irrumpe “a través del tiempo y el espacio, en una situación objetivamente familiar”, el signo de Lovecraft. De ello se deriva, y esta es una idea primordial de Fisher, que lo exterior no tiene tanto una condición empírica, sino trascendente (“trascendentemente exterior”).

Así las cosas, Lovecraft puede entenderse como el autor de una obra sobre el trauma: el desgarro producido por la experiencia, la experiencia de lo raro. En sus relatos siempre están presentes los datos, las certidumbres, los efectos de lo real, aun cuando no muestre sino fragmentos o elementos específicos. El paisaje de Nueva Inglaterra, el lugar donde ubica sus historias, hace posible “tejer la relación jerárquica entre ficción y realidad”. Lovecraft se instala en los umbrales entre nuestro mundo y otros posibles. En sus relatos son frecuentes las puertas o los mecanismos que nos conducen a una realidad distinta. Las formas de locura que sufren algunos personajes se originan en “la conmoción trascendente” que produce el encuentro con lo exterior. Fisher destaca el papel que las cortinas adquieren en la obra del cineasta David Lynch: ellas ocultan y revelan, “no solo marcan un umbral, sino que lo constituyen: son una salida al exterior”.

En H.G. Wells, lo raro opera bajo otros procedimientos: en escenas reales se introducen elementos anómalos, el encuentro entre lo cotidiano y poderes misteriosos. Esos elementos anómalos operan como umbrales. Lo raro expone la inestabilidad del mundo real. “La centralidad de las puertas, umbrales y portales significa que la noción del entre es clave para lo raro”.

De forma semejante a lo grotesco, lo raro también está fuera de lugar. Lo grotesco puede considerarse como una variante específica de lo raro, capaz de producir repulsión, pero también risa. Lo raro puede ser risible. Ciertas historias, como la de los viajes en el tiempo, son intrínsecamente raras: de entrada, nos sitúan en el umbral entre mundos. 

Mientras lo raro es causado por una presencia que no encaja, que está fuera de lugar, lo espeluznante “se constituye por una falta de ausencia, por una falta de presencia”. Lo espeluznante aparece cuando se produce una presencia donde no debería haber nada, o lo contrario: cuando falta allí donde debería haber algo (en la tercera acepción de la palabra espeluzna, el diccionario de la RAE dice: espantar, causar horror). De ello se deriva que lo espeluznante no depende de un constructo narrativo (literario o fílmico), sino que irrumpe asociado a ciertos espacios o paisajes. Aunque lo espeluznante tiene en común con lo raro, el que ambos se producen como secuela de algo que no-encaja, en lo espeluznante hay una dimensión especulativa, un suspense, que no es propio de lo raro. Lo desconocido es una propiedad de lo espeluznante.

El 5 de diciembre de 1872, el bergantín de bandera estadounidense Mary Celeste fue encontrado navegando a la deriva frente a la isla de Las Azores. Dei Gratia se llamaba la nave canadiense que lo encontró. Sus oficiales informaron que todo en la nave estaba en orden, con la excepción de los salvavidas, que habían desaparecido con toda la tripulación. Las provisiones y los objetos personales estaban en su lugar. También la bitácora, cuya última anotación había tenido lugar diez días antes. Nunca se supo del destino de aquellos hombres de mar, ni tampoco se logró formular una hipótesis debidamente sustentada para explicar lo ocurrido. Fisher menciona el caso del Mary Celeste para ejemplificar el vínculo que existe entre lo espeluznante y lo desaparecido sin explicación. A menudo los investigadores, arqueólogos, historiadores, etnógrafos y otros, deben afrontar y desentrañar lo espeluznante como parte de sus tareas.

En la ficción, lo espeluznante ha sido una presencia constante. La película de Alfred Hitchcock (1899-1980), Los pájaros, sobre la historia de Daphne Du Maurier (1907-1989) es posiblemente un ejemplo clásico de la cuestión. Fisher recorre algunos casos –Christopher Priest, M. R. James, Eno, Nigel Kneale, Alan Garner, Margaret Atwood, Jonathan Glazer, Stanley Kubrick, Andréi Tarkovski, Christopher Nolan y Joan Lindsay– para mostrar los modos en que lo espeluznante reaparece y muta. Cierro estas notas recordando una frase de Lovecraft de Las montañas de la locura: “El lugar lógico para encontrar una voz de otros tiempos es un cementerio de otros tiempos”.

*Lo raro y lo espeluznante. Mark Fisher. Ediciones Alpha Decay. Traducido por Nuria Molines Galarza. España, 2018.


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