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Se va a reír, Patricia, pero acabo de pasar un mal rato. Malísimo. A mí esto de escribir en una máquina virtual no me va bien. A ver cómo lo explico. Después de haber estado tecleando un rato la columna para El Nacional cometí el error de no cerrar el documento siguiendo el procedimiento habitual y el dispositivo no guardó el texto. Lo busqué en documentos recientes, en la papelera y en los archivos y, con todo, fui incapaz de encontrarlo. En pocas palabras, perdí lo que había escrito. Me quedé mudo, sin papel, huérfano de mi columna de los lunes. No me lo creía. Me enfadé con el ordenador por la faena que me acababa de hacer y me enfadé conmigo mismo también. Como no era posible recobrar el original, tuve que tranquilizarme y afrontar los hechos. La verdad es que fue todo un descuido. Lo cuento en estilo indirecto libre –free indirect speech– que dominan James Joyce, Virginia Woolf y mi madre.

En la columna escribía yo acerca del controvertido asunto de la propuesta del Ministerio de Educación de realizar una evaluación continua al profesorado. Siendo como soy profesor de Secundaria, defendía y defiendo la inevitable necesidad de tomar en consideración seriamente cualquier hipótesis en el ámbito de la educación. Me preguntaba que por qué no iba a valorarse el trabajo de los profesores. (“Celaá quiere introducir requisitos para ser profesor y evaluación continua”; María Zuil. El Confidencial, 6-11-2018). Isabel Celaá, ministra de Educación, pretende asegurar el trabajo bien hecho de los docentes y creo que tiene razón cuando señala esto: “A día de hoy, creo que son mayoría los que creen que una profesión que no cuenta con procedimientos para evaluar de forma permanente el trabajo que se realiza no está bien diseñada”.

El primero en clase con ganas de aprender es siempre el profesor. O debería serlo. La educación  necesita esta vertiente de doble dirección entre profesores y alumnos. Si no existiese, habría que reclamarla. Pues en esto andaba ocupado en la versión original –escrita con mucho estilo y grandes argumentos (ejem, ejem)– lamentablemente perdida entre bits, cables y wifis cuando miro el reloj y veo que tengo que dejar lo que estoy haciendo para salir y en el instante en que voy a cerrar el documento la máquina me pregunta si quiero guardar los cambios en el documento 1 y como no reconozco ese nombre digo que no condenando el texto al olvido.


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