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En el pueblo de Trunyan, en Bali, cuando un habitante muere, su cuerpo es depositado bajo un gran árbol y se deja descomponer lentamente al aire libre, hasta que sólo queda el esqueleto.

La pandemia de coronavirus ha transformado las tradiciones funerarias, pero los vecinos de este pueblo indonesio no están dispuestos a cambiar sus rituales milenarios.

En este archipiélago del sudeste de Asia, las ceremonias fúnebres se han reducido a la mínima expresión, el personal tiene que llevar equipos de protección y los familiares del difunto no pueden ni abrazarse.

Pero las autoridades locales afirman que este pueblo aislado del nordeste de Bali no se ha visto afectado por el virus, que ha causado más de 434.000 muertos y contagiado a casi ocho millones de personas en el mundo.

«Los ritos funerarios siguen siendo los mismos pero ahora debemos llevar mascarillas«, explica Wayan Arjuna, el jefe de esta localidad, situada a orillas de un lago, junto al volcán Batur.

«Tenemos miedo de contraer el virus», pero las tradiciones no cambiarán, abunda.

El lugar, sin embargo, fue cerrado temporalmente a los turistas para evitar el contagio.

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A diferencia del resto de la población de Bali, de mayoría hinduista y que practica la incineración, o de otros indonesios cristianos o musulmanes que entierran a sus muertos, los habitantes de Trunyan tienen ceremonias funerarias específicas.

Ellos dicen seguir el hinduismo, pero sus creencias se mezclan con el animismo y tradiciones propias de la zona.

Dejando los cuerpos de sus familiares al aire libre para que se descompongan de forma natural, piensan que los difuntos permanecen cerca de ellos.

«Nos sentimos más conectados a los que hemos perdido. Cuando mi abuela murió, tenía la impresión que estaba a mi lado», explica Wayan Arjuna.

Como si durmiera

Tras un corto trayecto en barco desde Trunyan, se llega al cementerio al aire libre, cerca del monte Batur y de un gran templo hinduista construido con roca volcánica.

Once estructuras de bambú, como pequeños templos, contienen los restos, al pie de un árbol, un gran baniano, cuyo olor debe disimular el hedor de putrefacción de los cuerpos.

En uno de los espacios, una mujer fallecida recientemente casi parece dormida. A su lado, se pueden ver los huesos de un pie entre la ropa que todavía cubre el cuerpo.

«Al principio, me daba un poco de miedo trabajar aquí, pero hace tanto tiempo que ya me he acostumbrado», asegura Wayan Sukarmin, que hace de guía a los visitantes desde hace dos décadas.

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Cuando un equipo de la AFP estuvo en el lugar en febrero, se podían ver en el suelo sandalias de plástico, tabaco, pasta de dientes o utensilios de la cocina… destinados a los muertos.

«La gente de aquí no toma nada porque esto pertenece a los muertos, son nuestras creencias», dice el guía.

Tradiciones milenarias

Cuando las estructuras están llenas, los cuerpos más antiguos son trasladados a un osario. Y los cráneos de los difuntos son conservados en un altar de piedra.

En otro cementerio al lado, se encuentran los cuerpos de niños y de solteros. Y un tercer camposanto está reservado a los que fallecieron por una muerte violenta.

El origen de estos ritos funerarios sigue siendo un misterio.

Una leyenda reza que los habitantes luchaban por el gran baniano y sus jefes decidieron depositar los muertos bajo el árbol para que el olor los hiciera ahuyentar.

Otra leyenda afirma que estos ritos sirven para evitar las incineraciones, que provocarían la ira del volcán.

Sea cual sea el origen, parece que esta tradición perdurará durante tiempo.

«Es más fácil de prevenir los contagios en un sitio aislado», indica Dewa Made Indra, que dirige la lucha contra la pandemia en Bali. Y si hubiera casos, «aplicaríamos procesos especiales y pienso que los vecinos lo entenderían».


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