El reconocido director y actor de teatro Armando Gota falleció en Caracas este lunes en la madrugada a los 79 años de edad, debido a un edema pulmonar. La noticia la dio a conocer su ex esposa Mariela Ibarra Romero a través de las redes sociales. “Buen viaje, Armando Gota. Tus hijos y yo te amamos. Quedas en nuestro recuerdo y quedas en la historia del teatro venezolano, donde compartimos tantos éxitos. Descansa en paz. Adeu, cariño”, escribió Ibarra en Facebook.

Español de nacimiento, Gota dedicó su vida a la dramaturgia venezolana. Es considerado uno de los directores con mayor número de obras venezolanas puestas en escena. Se cuentan más de 100.

 Sus inicios en el teatro, como actor, se remontan a 1962 con la obra La cantante calva de Eugène Ionesco, y en 1967 debutó como director con la pieza El profesor Taranne de Arthur Adamov. Dirigió el Teatro Universitario de Maracay y  la Compañía Nacional de Teatro, y participó activamente como miembro de la Fundación Rajatabla y del Nuevo Grupo, que consideraba su casa. En esas agrupaciones hacía las veces de director freelance, pues no contaba con subsidios para la producción de las piezas.

En una entrevista con El Nacional de 1987 manifestó que no tenía preferencia entre actuar o dirigir. Eran funciones muy diferentes entre sí. “La actuación es una especie de gusano que no se puede abandonar. Actuar es asumir una única responsabilidad, pero como director se tiene el masoquismo de cargar con todas las responsabilidades”. Además, agregó, la dirección es más que un trabajo y más que una manera de ganarse la vida. Para Gota era una necesidad vital.

Dirigió teatro regional, universitario, penitenciario, independiente, comercial, oficialista, absurdo e infantil, entre las que destacan  Coloquio nocturno (Friedrich Dürrenmatt), La tía de Carlos (Brandon Thomas), Vidas privadas (Noël Coward), Panorama desde el puente (Arthur Miller), Pinocho (Levy Rossell), Las paredes oyen (Juan Ruiz de Alarcón), El testamento del perro (Ignacio Cabrujas) y La revolución (Isaac Chocrón).

A finales de siglo, a pesar de vivir en un país que recién afrontaba las consecuencias de una crisis social profunda, apuntó sobre el teatro: “Pienso que la dramaturgia en Venezuela es una de las más pujantes de nuestro continente y que existe un movimiento joven bien interesante, que ha tenido más oportunidades para demostrar lo que se puede  hacer. Es decir, más que el trabajo de los jóvenes de los años sesenta; entre ellos me encuentro yo, ahora llamados viejos”.

Defendió siempre el papel de las artes escénicas en la construcción social de Venezuela. En 1990 declaró a El Nacional: “No podemos construir un futuro sin ver nuestro pasado. Yo estoy en contra de esta inmediatez, de esos países de espejitos. Si los políticos han podido vender este país con sus loquerías, ¿por qué yo no puedo experimentar con elementos cinematográficos, integrándolos en obras teatrales?”.

Armando Gota también trabajó en la gran pantalla durante su juventud. En 1960 lo hizo junto con Sofía Loren en el filme El Cid (Anthony Mann), y en 1987 participó en La oveja negra del director Román Chalbaud. Sin embargo, su vínculo con el cine no fue tan significativo como aquel desempeñado dentro y fuera de escena.

Fueron muchas las muestras de cariño que circularon en redes sociales al conocerse la muerte de Armando Gota. Uno de los primeros fue el crítico de teatro Leonardo Azparren, que tuiteó: “Falleció Armando Gota”. También en Twitter el autor venezolano José Tomás Angola escribió: “Triste noticia la muerte de Armando Gota. Es una pieza indispensable de la historia del teatro venezolano”.


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