Jacobo Penzo
Foto Archivo

Para Jacobo Penzo dedicarse al cine fue una decisión de vida que no se tomó a la ligera. El séptimo arte, advertía, es muy exigente y puede conllevar  constantes frustraciones. Pero, a pesar de todas las vicisitudes que implicó su oficio, consideraba incomparable el momento en que se produce una imagen que puede conmover de algún modo.

“Eso es algo único, casi un milagro. El cine es maravilloso, pero no es fácil. Yo nunca he tratado de desanimar a nadie, pero sí que sopese las dificultades y que se entrene en un ejercicio muy importante: acostumbrarse a las frustraciones. Incluso una vez dije que esa materia debería darse en la escuelas de cine”, afirmó en una entrevista hace siete años el director, promotor cultural, crítico, pintor y escritor, fallecido este martes 22 de septiembre, el mismo día en que cumplió 72 años.

Jacobo Penzo nació en 1948 en Carora, estado Lara. Desde muy joven comenzó a interesarse por el arte, en principio la pintura, en la que incursionó a los 12 años de edad. La primera parte de su infancia transcurrió en Barquisimeto, luego su familia se mudó a Caracas, donde vivió un tiempo con su abuela, quien, decía, fue muy importante para él, aparte de su madre.

“Mi abuela era una mujer de origen campesino, sabia. Creo que los valores que conservo vienen de ella”, resaltaba Penzo, que hizo sus primeros estudios en colegios parroquiales de la capital y posteriormente cursó Periodismo en la Universidad Central de Venezuela.

Su paso de la pintura al cine ocurre en parte al encontrar las enormes posibilidades expresivas de la imagen en movimiento. Así fue que surgió un cortometraje titulado Huelga en el que narró la historia de una huelga de obreros de una fábrica.

Después, influenciado por los directores del movimiento francés nouvelle vague, comenzó a hacer filmes más profesionales como El afinque de MarínDos ciudadesMúsica nocturna y La casa de agua. Esta última, basada en la vida del poeta Cruz Salmerón Acosta y con guion escrito por el novelista y periodista argentino Tomás Eloy Martínez, es su película más celebrada y la que marcó su carrera: recibió elogios de la crítica y fue invitada a la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes, en 1984.

La idea de La casa de agua surgió después de que leyó una noticia en la que se reseñaba la celebración del nacimiento de Salmerón Acosta, cuya vida, comentaba, era como una leyenda: “Un hombre rebelde que enfrentó la dictadura de Juan Vicente Gómez, estuvo preso y se enfermó de lepra y se retiró en Araya, donde se convirtió en leyenda. La gente peregrinaba para verlo. Al final de su vida había una gran sequía en la península y él prometió que cuando muriera traería la lluvia. Asombrosamente, cuando falleció, estalló una gran tempestad, tanto así que fue  necesario sacar agua de su fosa para poder enterrarlo”.

Juan Carlos Lossada, expresidente del Centro Nacional Autónomo de Cinematografía, considera extraordinario el aporte de Penzo al cine nacional. “Es una obra rompedora”, subraya. Destaca entre los filmes El afinque de Marín, que califica de una de las mejores piezas documentales hechas en el país, y En territorio extranjero, una cinta en distintos idiomas difícil de rodar sobre la identidad indígena de Venezuela.

Otra película de Penzo que menciona Lossada, pero que no llegó a estrenarse por falta de recursos para la posproducción, es Los hijos de la tierra, con la que pretendía contar cómo el petróleo cambió la historia del país.

Para el crítico de cine Sergio Monsalve, el trabajo de Penzo tenía una visión comprometida y autoral. Resalta particularmente La casa de agua, “una de las grandes películas del cine nacional”, así como Cabimas, donde todo comenzó. “No olvidemos que Jacobo tuvo una trayectoria destacada como crítico de cine, y en consecuencia era un creador global, multifacético, integral del cine venezolano”.

El crítico Rodolfo Izaguirre, con quien el director tenía una admiración mutua, recuerda: “En 1980 realizó el cortometraje El afinque de Marín y entrevistó a los músicos participantes del Grupo Madera. El resultado fue un magnífico acercamiento a la cultura marginal urbana. Y al reunir el corto con Mayami nuestro, de Carlos Oteyza, y Yo hablo a Caracas, de Carlos Azpúrua, el cine venezolano se lució con un extraordinario largometraje titulado acertadamente La propia gente”.

El promotor

Penzo no solo dejó buenas películas para el cine, también fue un agudo promotor cultural que benefició a estudiantes, formadores y cineastas, afirma Lossada. Particularmente se refiere a su labor como director de la Cinemateca Nacional, cargo en el que estuvo entre 1999 y 2002.

“Al frente de la Cinemateca Penzo se interesó mucho por potenciar la relación entre el cine y la educación formal. En ese sentido desarrolló un profundo programa conocido como ‘Cine en las escuelas’ para reproducir bibliografías y videos en VHS que fueron entregados a escuelas a lo largo y ancho del país. Fue muy exitoso e impactó no solo a los escolares sino a los formadores”, explica el expresidente del CNAC.

Lossada recuerda que Penzo amplió de Caracas a otros estados la red de salas de la Cinemateca. “Fueron exhibidas muchísimas películas en diversos espacios creados mediante alianzas con otras organizaciones en distintos estados del país. Se interesó en territorializar ese efecto de la Cinemateca en diferentes lugares del país”.

Monsalve señala que el último presidente de la Cinemateca Nacional que reconoce es Penzo. Los posteriores, advierte, fueron designados por intereses políticos: “Desde allí Jacobo abrió las puertas a todas las visiones y tendencias sin ningún tipo de filtro político. Fue una persona bastante cercana y próxima a los jóvenes, generaciones de relevo que veníamos de los 80 y 90 apenas sacando la cabeza. Su proyecto fue un semillero de talentos”.

Además, era un excelente amigo, destaca Izaguirre, que como anécdota con el director menciona la vez en la que le pidió que participara en La casa de agua como cura. “Se trataba de una secuencia en la que el cura accede a practicar con una niña vestida de blanco y alas la Asunción de la Virgen María. El cura activa un dispositivo que iza a la niña. Emocionado, el cura voltea hacia las monjas alborozadas y dice: ‘El acto de la lnmaculada Concepción va a quedar lindísimo’, o algo así. Le dije a Jacobo que lo haría pero con una condición. ‘¿Cuál?’, me preguntó. Que me permitas decir el  parlamento con un toque maricón. Y Jacobo accedió. ¡Fue un estupendo amigo!”, relató el expresidente de la Cinemateca Nacional.


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