Como el equívoco origen de “Para Elisa” de Beethoven, quizás el himno universal de la conmiseración; como la balada del cantante mexicano Emmanuel –“Luces de bohemia para Elisa”–, en la que una adolescente aparentemente incauta convierte en Inés a un Don Juan, hay algo en la treintañera que dirige la Sinfónica Gran Mariscal de Ayacucho –que este mes celebra su aniversario 30, prácticamente la misma edad de su directora– que hace pensar en la equilibrista que camina sobre un Niágara de corrientes ambiguas, quizás para llevar a puerto una empresa superior.

Físicamente, Elisa Vegas responde al arquetipo de rubia de buena familia, aunque quienes la frecuentan a un palmo de distancia destacan su temple en momentos complicados. Está al frente de una orquesta pública que recientemente ofreció un concierto patrocinado por la Embajada de Rusia, pero que también recibe fondos de aliados privados como Ron Santa Teresa; una sinfónica acostumbrada a navegar con soltura entre lo académico y lo popular: para comienzos de 2020, por ejemplo, prepara un concierto junto con Desorden Público. Después de todo, es hija del abogado Guillermo Vegas, el álter ego formal del melómano Federico Pacanins, y viene de una familia legendaria por sus aportes a la educación y las artes en Venezuela, aunque con algún escándalo en su pasado.

Cálida y distante, siempre desconcertante, Elisa Vegas es crítica del país que ve a su alrededor, pero evita hincar el diente: “Después de que pasas abrumado toda la semana, como orquesta ofrecemos cultura que te hace sentir que el lunes vale la pena volver a trabajar. Que hay un futuro que puede ser bueno. En el último año y medio se nos ha acercado muchísima gente a darnos las gracias después de los conciertos. Puede parecer tonto, pero ya no nos manifiestan: ‘¡Guao,  qué espectacular presentación! ¡Qué fabuloso!’. No. Solo expresan: ‘Gracias’. Te lo dicen desde adentro. Cuando a ti te dan las gracias es que esa persona necesitaba algo así. No es: ‘¡La pasé muy bien, qué fino!’. No. Ahora es ‘gracias’. Imagínate la satisfacción que puedo sentir”.

—Imagine una fantasía en extremo descabellada: soy un compositor y le entrego mi sinfonía para que la dirija. ¿Por dónde empieza su trabajo?

—Básicamente, tomo el score, que es la partitura del director donde están todos los instrumentos, y hago un estudio personalísimo de la obra. No me voy a los audios: establezco primero un contacto directo con lo que la persona escribió. Reviso la orquestación, cuántos movimientos tiene, la textura, veo la frase, el género, los tempos, los matices impresos allí, el color que busca el compositor… Aunque parece que el director estuviera rodeado de gente, realmente su estudio es muy solitario. Es una carrera en solo, eres tú frente a la partitura. Y la partitura, en líneas generales, no suena, salvo en tu cabeza. Eventualmente la llevas al piano, pero nunca será la realidad de la obra. La partitura no la ejecuta un solo instrumento. Es realmente un trabajo de abstracción musical que uno va haciendo en su cabeza.

—¿Qué música escucha con audífonos?

—No me paso la vida escuchando música académica. Como hija de un melómano de jazz, para mí no es ajena la música popular. La Ayacucho está acostumbrada a trabajar en ambos lenguajes. Me gusta un merengue, me gusta Fito Páez. Bailo salsa y lo que sea. Doy la impresión de ser muy seria, pero puedo ser más dulce que cuando me ven frente a una orquesta.

—¿Qué ritual tiene antes de dirigir?

—Cuando estoy en casa, pongo música completamente diferente a lo que voy a dirigir. Ahí sí te digo: prende la radio y lo que venga. Me ayuda a aislarme un rato, para que así cuando llegue al concierto pueda enfocar la concentración de nuevo. Generalmente me tomo unos minutos para repasar lo que tengo que dirigir. Eso lo hago bastante cerca del momento de entrar al escenario. Justo antes de salir, me persigno. Básicamente, se trata de concentrarme para transmitir foco a mis músicos y entregarme al público.

—¿Cómo maneja una equivocación de la orquesta en pleno concierto?

—La música es tiempo. El error pasó y quedó en el pasado. Saber que lo tienes que olvidar y seguir adelante, trabajando en positivo con lo que viene, es un trabajo psicológico muy difícil. Pero la música sigue sonando. Uno no puede enfrascarse en algo que no salió. Lo que viene es lo que importa. Lo que salió mal también importa, pero hay que enfocar la concentración en lo que viene. El director está en el pasado: lo que acaba de sonar. Debe hilarlo con el presente: lo que está sonando. Y con el futuro: saber lo que va a sonar. Tienes que ir pensando en paralelo el pasado, el presente y el futuro. Todo el tiempo.

—¿Hay algún momento en el que ha requerido ayuda para manejar estrés o ansiedad?

—La familia me ha ayudado, por supuesto que sí. Y las amistades. Hay momentos que han sido de muchísima tensión y muchísimo trabajo. Por supuesto que eso agota y cansa. Uno es el último en darse cuenta de cuándo llegaste al llegadero. Afortunadamente tengo gente alrededor que me quiere mucho y me va diciendo: “Acuérdate de que el camino es por acá y no por allá”. Por supuesto que he tenido ayuda, pero afortunadamente ha sido gente cercana.

—Pero da la impresión de ser muy exigente consigo misma.

—Lo que pasa es que tiendo a soñar alto y a soñar grande. Y eso también es un problema, porque trae muchas exigencias. Ahora que estoy dirigiendo la Ayacucho, siento que esto no es mío ni para mí. Es un proyecto para el país, un proyecto de cultura. Le pertenece a los 65 miembros de la orquesta. Es complicado. La vida de una no termina siendo la vida de una, sino la de todos.

—Es madre de un niño pequeño, Martín. ¿Carga dos prejuicios encima: mujer y madre?

—La verdad es que no. Los músicos somos muy duros con nosotros mismos, más allá de género o condición. Cuando uno se para ante una orquesta lo que la gente está esperando es excelencia, y realmente los músicos de orquesta no tienen mucha compasión. Siendo mujer, lo siento y ha sido así: cuando vas a una orquesta nueva tienes que llegar preparada, porque los músicos generalmente hacen como una radiografía inicial para ver si sabes o no sabes, si estudiaste, si eres disciplinada. Los momentos de ensayo y de presentación son sagrados. Fuera de ello, una tiene su otra vida. Hay que tener balance y desligar una cosa de la otra. Es más complicado para mí. No es tan fácil dirigir y gerenciar una orquesta, y ser la mamá de Martín y llevar la casa. Como directora titular, no es solamente pararte y hacer un repertorio. Hay que armar una programación y llevar las riendas de una orquesta. Al final somos una familia de 70 personas. Pero hoy muchas mujeres en el mundo desempeñan roles gerenciales y son madres. Es cuestión de organización y de tiempo. Este siglo da la plataforma para hacerlo. Y tengo una ayuda fundamental: mi madre y el papá de Martín. Sin ellos no sería posible para mí hacer todo lo que estoy haciendo.

—Pero sigue siendo diferente. Un hombre no tiene que hacer una pausa larga cuando es padre.

—Me tomé casi un año dedicada exclusivamente a Martín. Y sí: fue una pausa que me tomé en la carrera. Pero afortunadamente fue todo con mucha conciencia. Antes de eso estuve casada durante siete años. Por supuesto que hay diferencias de género: en la dirección, en la gerencia, en el físico, en cómo se aborda la música. Hay diferencias entre mujeres y hombres, y eso no lo podemos olvidar. Es así y hay que asumirlo.

—¿Todavía toca el clarinete?

—No tanto. Dirigiendo una orquesta y siendo madre, me queda muy poco tiempo. Les pasa a todos los directores. Es difícil que te alcancen las 24 horas.

—Si hablara, ¿qué diría el clarinete de usted?

—Debe estar triste porque lo tengo abandonado. Conoce mucho de mis sentimientos y de mi mundo interior. Es el contacto más directo que tuve con la música. En el soplo, la relación es mucho más personal.

—¿El que toca el clarinete en la Ayacucho lo tiene más difícil que los demás?

—Sabe que tiene que hacerlo muy bien, porque de lo contrario me voy a sentir muy dolida.

—Se dice de usted que es la personificación de la disciplina. ¿Tuvo una adolescencia rebelde?

—Vengo de un colegio que era muy estructurado. Por supuesto, hacía todo lo que cualquier joven hace. Iba a fiestas. Una joven normal, sin excesos. Salía del colegio y tenía que ir corriendo al conservatorio o la orquesta. Todas las tardes de mi vida eran así. Pero yo no sentía que era una obligación. Más bien quería que ya se acabara la clase para correr a la orquesta. Para mí el placer más grande era ir al ensayo. Uno se apasiona y se enamora de esto. ¿Qué pudo haber sido rebelde? Decidir no estudiar en una universidad, sino dedicarme a la música. Pero era una rebeldía con mucha disciplina. Siempre he sido una persona bastante balanceada. No he vivido nunca una época desbocada. En tal caso sería desbocada en la pasión por la música, pero nunca hacia otras cosas.

—¿Es frívolo preguntarle por la vestimenta que escoge para dirigir sus conciertos?

—¡Está bien hablar de eso! Claro que lo pienso. Todo el que se pare en un escenario debe cuidar la estética. Cotidianamente me visto normal, con lo que me siento cómoda. Pero si tengo un concierto me voy de gala. Para mí la gala es un vestido de falda larga, y siempre dirijo con mangas, porque me siento más cómoda con cualquier cosa que tenga mangas.

—¿Qué músico académico de los últimos cien años recomendaría escuchar, para no quedarnos siempre en Bach, Beethoven y Mozart?

—Aldemaro Romero. Pudo perfectamente unir el mundo de lo popular con lo académico, y en ese momento era un sacrilegio. Inventa el género de la Onda Nueva y además lo traslada al lenguaje orquestal.

—Algunos de sus músicos deben llegar a los ensayos sin comer bien o con retraso por problemas de transporte. ¿Trata de que todo eso quede atrás cuando empieza la música?

—Tú lo has dicho. Lo que hemos intentado en la Sinfónica Gran Mariscal de Ayacucho es que el momento del ensayo sea un oasis. La orquesta está compuesta por jóvenes, muchos de Caracas, pero también muchos que vienen del interior del país a perfeccionarse en su instrumento y como profesionales de la música. Afortunadamente hemos logrado hacer del ensayo un momento en el que nos olvidamos de que no hay transporte o no hay luz. Sí, la economía nos afecta a todos. Hemos tenido que reinventarnos para conseguir los recursos y mejorar las becas. Pero hemos establecido alianzas que nos han ayudado muchísimo. Que no sea esperar a que llegue algo, sino ir uno a buscarlo.

—¿Cómo está la salud del sistema de orquestas?

—Todos estamos sobreviviendo. Preparando herramientas para lo que puede venir. El país no se puede quedar así. No se va a quedar así.

—¿Qué encuentra cuando hace giras por las regiones?

—Que nosotros tenemos un gen musical que no lo encontramos en otros países. El talento y la creatividad que hay aquí son increíbles. Tú te puedes pasear de cabo a rabo por Venezuela y vas a encontrar desde niños geniales hasta gente desarrollando nuevas técnicas con instrumentos tradicionales y no tradicionales. No es un proceso forzado, sale natural del venezolano. Realmente Venezuela es un país musical. Punto. Es así.

—Pero muchos de esos talentos ya deben haber emigrado hace rato.

—Claro, es difícil, porque el que se queda tiene que luchar contra el día a día. De los que se han ido, algunos tienen la fortuna de llevar la música a otras latitudes o seguir formándose. Lamentablemente otros han tenido que dejar los instrumentos para dedicarse a otros oficios. Tienes las dos caras de la moneda, la dolorosa, pero también la positiva de que vamos llevando nuestra cultura a otros lados.

—¿La política puede quedar fuera de una orquesta?

—A mí me parece que la política debe ayudar a que las políticas culturales se den. La política maneja los espacios públicos. Los espacios públicos deben ser utilizados para la cultura. No podemos desconectarlo. Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Tenemos que compartir, interactuar, intercambiar, pero debemos ser amplios en ambos sentidos. En la Ayacucho estamos completamente abiertos a distintas tendencias políticas. El arte expresa libertad de pensamiento. La política debe ser una mano que se tiende para que se desarrolle la cultura.

—¿Es una contradicción que una empresa cultural lleve el nombre de un prócer militar, incluso el de uno físicamente atractivo y relativamente impoluto?

—El Mariscal de Ayacucho representa juventud. Representa ideal de libertad y un camino hacia el triunfo. Ese sería el espíritu. Por supuesto, pudiese ser contradictorio y más en estos momentos. Pero nada: nosotros llevamos nuestro nombre con mucho orgullo. Y ya está.

—La deben haber llamado para que dirija una orquesta afuera.

—Sí, ha pasado. Pero en mi caso particular me siento más afortunada y más bendecida desarrollando un proyecto en Venezuela. El aplauso que yo puedo recibir en el extranjero no lo puedo comparar con el que recibo acá. Y saber que el proyecto genera crecimiento en este país, eso no lo puedo comparar con nada. La decisión fue tomada adrede. Quedarme en el país no es una casualidad. No es porque no pude hacer otra cosa. Es por decisión personal que yo estoy acá.

—¿Incluso después de tener un niño?

—Martín está pequeño y siento que puede recibir una educación de calidad aquí. Tiene el amor de sus padres y de sus abuelos. Si uno está bien, él va a estar bien.

—Sin dar un sermón, ¿qué le dice a uno de sus músicos que se va de Venezuela?

—Que lo piense bien. En este país hay oportunidades y formas de crecer. Hay mucha gente apostando por el país. Y si se va, que sea porque tiene una idea y un camino seguro. Es muy fácil decirlo, porque a lo mejor hay gente que siente que llegó al llegadero y que está muy apretada y ahogada en su situación. Pero el mal no es para siempre. Le diría que lo intentara. Pero que no desconectara sus raíces de acá. Y si tiene que regresar, no pasa nada.

—Complete la frase: Yo estoy aquí porque…

—Yo estoy aquí porque creo en el desarrollo de este país. Creo que la cultura transforma vidas.


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