Nacido en Caracas, en 1985, es periodista egresado de la UCV y Magíster en Edición por la Universidad Complutense de Madrid. Fue coordinador editorial de la Biblioteca Biográfica Venezolana y Jefe Editorial de Libros El Nacional. Colaborador de varios medios de comunicación y miembro de la Fundación del Valle de San Francisco, ha publicado las biografías de Luisa Palacios, Miguel Arroyo y Simón Alberto Consalvi. También ha elaborado perfiles de Sofía Ímber y Nelson Bocaranda Sardi.

De Diego Arroyo Gil solo se escuchan buenas nuevas. Baste mencionar la opinión que en su momento expresaron sus maestros Simón Alberto Consalvi y María Fernanda Palacios. Periodista egresado de la UCV, Diego parece haber superado el estigma asociado a la formación de los comunicadores sociales. Aunque afirma que no se lleva bien con la escritura urgente y el análisis al vuelo que supone la elaboración de una pieza noticiosa, al revisar algunos de sus cinco libros se reconoce la metodología de los reportajes y la terca disciplina de limar los prejuicios contra los hechos. En todo caso, ha preferido la investigación histórica y el rescate de personajes cruciales del pasado reciente de Venezuela. Dice necesitar certezas para entender mejor el caótico presente.

Con 31 años recién cumplidos, tiene muchos proyectos por delante. Le sobran ganas de producir, aunque reconozca que toda escritura de largo aliento es un camino incierto, lleno de meandros engañosos y falsos atajos, no siempre grata hasta que llega el alivio del punto final. En la escritura la obsesión por la perfección provoca dolores en el cuerpo. “Cada línea es terrible. Yo merodeo mucho, pero como una vez me dijo Milagros Socorro, el merodeo no está hecho de nada. Yo soy como el perro que busca dónde echarse. Pero a la vez, como la escritura está avasallada por una pasión, hay una felicidad física en cada comienzo. Eso me permite superar el dolor”.

Siendo aun muy joven, se encargó de coordinar la colección biográfica del Banco del Caribe, con una selección que incluyó a los hombres y mujeres más representativos de la venezolanidad. Cuando sus contemporáneos pastan lejos de los libros porque están buscando en la tecnología las respuestas a los problemas de su tiempo, Diego prefiere ir al libro impreso, al que tantas veces le han puesto una fecha de defunción, y a los personajes que lo antecedieron. Allí encuentra ideas más poderosas, que le dan sentido al mundo. Su naciente obra es ya un panteón que recuerda quiénes somos y qué fuimos.

Su más reciente publicación, La señora Imber, genio y figura (2015), es un gran perfil sobre la vida de la mujer más influyente de la cultura venezolana en el siglo XX. Se trata de un trepidante relato narrado en primera persona que se lee con el aliento contenido hasta la última página. Diego es parte de esa escuela de periodistas que entiende que solo la narrativa confiere volumen a los hechos. Las historias le ocurren a alguien y arrastran a ese alguien a un conflicto, que siempre será más memorable que el conjunto de datos enjundiosos que podamos extraer.

“Yo he escrito sobre nuestros intelectuales no solo porque es una forma de traerlos al presente, sino también porque puedo tomar distancia para entender una época que no conocí. Eso me da cierta libertad para escribir. No estoy diciendo con ello que todo pasado sea mejor, sino que el pasado me hace sentir más cómodo para narrarlo porque no lo viví. No tengo la misma sensación cuando se trata de hechos actuales, porque me siento más preso con la verosimilitud. Reconozco en mí la necesidad de restablecer un vínculo para confirmar que soy heredero de una tradición, que no pertenezco a un país enteramente nuevo. Hay una frase de Lezama Lima, uno de mis autores dilectos, escrita en una carta enviada a su hermana exiliada, con la que me identifico: ‘Alguien tenía que guardar las bóvedas del cementerio, donde están nuestros padres y nuestros abuelos, guardar de cerca los recuerdos, las ropas, los cofres y todos los lugares en donde nuestra sangre dejó una sombra’. No me atribuyo el rol de ‘guardador’ de las bóvedas del cementerio, desde luego, pero me convoca el ritual de honrar a nuestros deudos. Porque debajo de la memoria histórica, o a la par de ella, hay otra memoria: la memoria mítica. Esa es la que más me interesa. Yo creo que esa frase de Lezama está secretamente allí, como un llamado, en mis cinco libros”.

“Yo siento que mi primer libro, una biografía sobre Luisa Palacios, no estuvo del todo bien. Fue mi proyecto de tesis de grado, y de algún modo una salida para cumplir con un requisito académico. Me habían rechazado muchos anteproyectos, porque argumentaban que no podría probar mi hipótesis mediante un método científico. Así que vi la oportunidad de hacer una semblanza de ‘La Nena’ Palacios. Lo empecé a escribir a los 22 años y lo publiqué a los 23. Al releerlo, siento que le falta músculo narrativo. Hay partes en las que parece una tesis, pero a la vez le tengo cariño. Escribirlo supuso un esfuerzo que me dejó una gran enseñanza: yo sí era capaz de terminar un libro”.

María Fernanda Palacios, sobrina de Luisa, es una figura tutelar en la vida de Diego. Han forjado una larga amistad que empezó a partir de libro Sabor y saber de la lengua, que él leyó mientras estudiaba en la UCV. “Le pedí a Rafael Cadenas que me la presentara. Después de conocerla, asistí como oyente a sus clases en la Escuela de Letras con el compromiso de cumplir con las evaluaciones del curso. Yo escribí mi trabajo y ella se sorprendió. Pero es que yo era un lector de literatura. Me invitó entonces a matricularme en el curso de Estudios Liberales. Y para poder pagarme los estudios, le propuse encargarme del trabajo administrativo de la Fundación del Valle de San Francisco”.

¿Por qué Diego no estudió Letras si esta carrera luce más afín a sus intereses? “No estudié Letras porque mi madre me dijo que me moriría de hambre. Y a mí me pareció un argumento válido. El periodismo ofrecía más posibilidades de trabajo. Quizás no representaba mi vocación, pero era lo que más se acercaba a mis intereses. En un principio, yo quise estudiar Psicología. Hasta que una tía me dijo: ‘Esas vainas que tú lees no son bien vistas por los psicólogos’”.

La amistad con María Fernanda Palacios no solo le permitió reforzar su definitiva vocación, sino que terminó de apartarlo del ocultismo francés, esas lecturas que ocuparon buena parte de su adolescencia y que lo llevaron a encarnar un personaje opuesto al intelectual de hoy. Con María Fernanda Palacios viajó a Francia por primera vez en 2010. “París es una ciudad esencial para todo el que tenga corazón. Es un milagro de los dioses”. Ya lo dijo Bogart en Casablanca cuando le dio vida a Rick: We’ll always have París. En Diego siempre destaca el esfuerzo por conseguir la frase memorable, que forma parte del mismo intento por conseguir una voz propia. Caminando por las calles de la capital francesa, quizás haya confirmado que su vocación de escritor no era un capricho.

Una pequeña luz

“Mis padres no se empeñaron en convertirme en un ratón de bibliotecas. Él, que es un comunista irredento, y ella, que es una buena lectora, no hicieron de sus creencias un apostolado. Digamos que en mí la literatura despuntó como una vocación adolescente, cuando empecé a interesarme en el ocultismo francés del siglo XVIII. Poco antes me había hecho Rosacruz, a los trece años, cuando empecé a estudiar Astrología Psicológica. Encontré en la biblioteca de esa orden los libros que necesitaba para iniciar mi formación. Más adelante descubrí a Borges y a Lezama Lima, dos figuras tutelares del hecho literario, pero en ese momento no me interesaban. Ahora pienso que, en mi adolescencia, Borges me abrió, sobre todo, al descubrimiento de la forma: la forma como modeladora de la emoción pura e inmediata. Un poco más tarde, Lezama vino a sugerirme la presencia de la imagen. Hay una frase suya muy importante: ‘La ausencia de mi padre me hizo hipersensible a la presencia de la imagen’. Yo entendí entonces que uno escribe para hacer nacer una epifanía en el espacio de una ausencia. Es decir, yo escribo con la aspiración de encender una pequeña luz en habitaciones aparentemente sentenciadas por el tiempo a la muerte, a la inexistencia”.

“Yo he llegado a esas reflexiones después de vivir otra vida. Comencé a estudiar Astrología Psicológica para tratar de entender qué me ocurría cuando yo era un niño de siete u ocho años. Tenía entonces terrores psicológicos. Un neurólogo me mantenía medicado porque pensaba que tenía alguna alteración nerviosa. Sentía terrores nocturnos y aprendí a anticiparme a esas crisis. Cuando las sentía venir, llamaba a mi mamá. A partir de ese momento, perdía la conciencia, entraba en trance y comenzaba a recitar cosas raras: hablaba de la Revolución china y de otros asuntos que, a tan temprana edad, no formaban parte de mis intereses. Cuando volvía en mí, mi mamá estaba llorando y mi familia, que me observaba, no entendía lo que me estaba ocurriendo. Pensaban que estaba loco. Por un tiempo me medicaron con Tegretol, pero las crisis continuaban. Años después, me llevaron donde un brujo y el hombre sentenció: ‘Esas son posesiones’. La decisión de estudiar Astrología Psicológica me apartó del camino que en algún momento quise seguir cuando me hice Rosacruz”.

Mazos de cartas

Tanta obsesión con la Astrología Psicológica convirtió a Diego, a sus quince años, cuando estudiaba bachillerato en el colegio Cristo Rey de Santa Mónica, en un intérprete del Tarot. Se hizo famoso en el colegio y sus amigos lo veían con una mezcla de miedo y respeto. Cuando se supo que leía las cartas, nunca más pudo ser el mismo. Acumuló diez mazos de cartas, organizó su agenda y en las tardes pasaba su consulta. Solo una regla se impuso: no leerle el Tarot a su familia o a sus amigos más cercanos, o incluso a aquellos con quienes fortalecía su afecto. Solo de esa manera guardaba la distancia necesaria para decirle a los interesados lo que las cartas les deparaban.

Fue el tarotista de sus conocidos, de los amigos de sus conocidos, de las amigas de su madre, de las conocidas de las amigas de su madre… y acumuló dinero. Llegó a formar parte del elenco que leía cartas en un festival de esoterismo que se organizaba en la Universidad Metropolitana. Fue una consagración personal que consiguió con una mezcla de insistencia y fortuna. Diego no formaba parte de los participantes, pero se las arreglaba para que la encargada del festival lo admitiera. No lo querían aceptar porque era menor de edad, pero al notar su insistencia lo acomodaron en un cubículo.

Recibió a veintisiete personas en cuatro días. En ese evento se amistó con un miembro de la logia Rosacruz. En su biblioteca trató de leerlo todo sobre el ocultismo francés, llegando a armar una colección de cuatrocientos títulos. Solo tenía interés para esos temas, y el personaje terminó devorándose al autor. Era terrible. Cada vez que llegaba a una fiesta, le tenían preparada una mesa y una silla para que pasara la consulta. Y así pasaba toda la noche. Un día se cansó.

Algo muy íntimo

“Tenía pacientes citados, pero yo había decidido que ya no me interesaba anticipar el destino de los otros a través de mis conocimientos del Tarot. La gente me preguntaba por qué había tomado una decisión tan drástica si me iba bien y ganaba dinero. Yo sabía por qué, pero no se los iba a decir. Era algo muy íntimo, que terminó de aparecer con toda su rotunda expresión a finales de 2005, mientras leía Sabor y saber de la lengua a orillas del mar”.

“Decidí quemar los diez mazos de cartas que había comprado metiéndolos en una parrillera y prendiéndoles fuego. Luego tomé todos los libros de esoterismo, los metí dentro de bolsas negras y me deshice de ellos. Fue un rito que me confrontó conmigo mismo. Yo me estaba escondiendo detrás de esa imagen esotérica para huir de mí mismo. Me había convertido en un ser extraño, que le daba miedo a la gente. Es cierto que tenía muchos amigos, pero nadie se metía conmigo porque me veían como a un brujo. La mente es una cosa seria. Y todavía hoy la gente me llama para que la consulte”.

“Me estaba evadiendo de mi propio cuerpo en busca de un mundo ‘invisible’. Cuando me di cuenta de ello, toda la cuestión del ocultismo dio un giro tremendo. Y allí estaba la literatura. La literatura me hizo volver al cuerpo y, al mismo tiempo, desde allí, mantener la pasión por los misterios de la existencia. En este pase fue crucial el libro de María Fernanda Palacios. Y ella lo dice de mejor manera: ‘Cuando hablo de lengua, me gusta la confusión que se origina en español (en francés y en italiano también) entre el órgano y el conjunto de signos: esa feliz coincidencia me permite considerar la lengua como cuerpo. (…) No me refiero solamente al corpus del lenguaje o de la lengua; tampoco me refiero a sus aspectos meramente sensibles (fonéticos, sonoros); entiendo por cuerpo algo más (o menos) que una Physis. No es el organismo, sino más bien el cuerpo como límite de lo psíquico. No es el cuerpo imaginario sino el cuerpo que se sabe imagen; cuerpo deseante, cuerpo abandonado a su lejanía (la imagen) y devuelto a su presencia’”.

“Esa lectura me permitió reconciliarme con ese yo que negaba. En diciembre de 2005, en vísperas de un viaje a Margarita, tuve mi primera experiencia homosexual, que no me hizo sentir que estaba cometiendo un pecado. Esa experiencia me abrió un camino hasta entonces inédito para relacionarme con el cuerpo y con la lengua. De modo que la lectura inmediatamente posterior del libro de María Fernanda fue como una toma de consciencia de que algo me estaba pasando. Por eso decidí quitarme la máscara del Tarot”.

“¿De qué estaba huyendo? Yo creo que huía del cuerpo. Era gay y no quería aceptarlo. Ese período como etéreo me alejaba del cuerpo. Y cuando lo advertí, supe que estaba huyendo de una certeza definitiva, de una de las cosas más rotundas de las que se puede hablar. Dejé de lado lo anterior y apareció la literatura”.

Literatura o periodismo

Después de aceptarse, de abandonar para siempre al personaje que auscultaba el futuro con el Tarot, de quitarse la máscara para iniciarse en el camino de la literatura, no se entendería que alguien afirmara que Diego es un espiritista. “Hay quienes dicen que cuando voy a escribir sobre una persona es como si los invocara, como si me metiera dentro de los personajes. Siempre he tenido un interés psicológico por los personajes; no por su vida, sino por su manera de ser”.

Hace muchos años, García Márquez y Carlos Fuentes propusieron arrojar todas sus novelas al mar ante la potencia de las historias reales que publicaba la prensa. Diego no cae en la trampa de considerar los textos de no ficción como obras menores. Suele pasarles a los autores de no ficción que todo el tiempo los instan a dar el salto a las grandes ligas de la novela. Es como un certificado que se entrega en los altares del canon literario para dar fe de que, ahora sí, estamos en presencia de un verdadero autor.

“A mí me gustaría escribir ficción, pero siento que no tengo esa capacidad, ese músculo. Yo creo que sí me voy a quedar en el ensayo, en la no ficción. Me siento bien al reconocerlo. Pero en todo caso, no se trata de un apostolado. No creo que la ficción sea mayor que la no ficción. Son registros distintos de la realidad. Pero sí creo que hay una diferencia entre el periodismo y la literatura. Es cierto que uno y otro se nutren de la realidad, pero en la literatura la realidad se transfigura por varios factores: uno es la imaginación; otro es el tiempo. Camus decía que el arte es la distancia que le da el tiempo al sufrimiento. Eso no está en el periodismo. Frente al sufrimiento, el periodista debe reaccionar de inmediato. En cambio, la literatura necesita un tiempo. Eso no quiere decir que no haya vasos comunicantes entre una y otra, como los puede haber entre la pintura y el collage. No me parece que uno sea menor que otro. En la literatura hay algo que el periodismo no tiene y viceversa. Mis libros son investigaciones periodísticas. Yo creo que un texto periodístico bien escrito roza las emociones del lector como una gran novela. Quizás por yo tener en verdaderos altares a Lezama, Dostoievski o Faulkner, me cuesta pensar que mis libros tengan rango literario. En todo caso, cuando escribo no me planteo hacer literatura o periodismo. Yo sencillamente estoy frente a un asunto de forma que me permite un abordaje o que a veces fuerzo a darme materia para abordarlo de la manera que quiero. Allí hay una lucha. El tipo de trabajo que hago me pone en contacto con unas técnicas parecidas a las del escritor que escribe una novela. Tendría que ser escritor de novelas para decirte si esto es del todo cierto. Pero no veo la ficción en mi camino. Prefiero abordar mi realidad inmediata”.

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*La entrevista forma parte del libro Nuevo país de las letras, publicado por Banesco Banco Universal, Caracas, 2016. Compilación: Antonio López Ortega.


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